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Hummer: la reina de los excesos   Por Pedro Díaz G.

pedrodiazg@m-x.com.mx

Aquí voy, trepado en ella. Alejandro, el vendedor, me dice que es un búfalo, pero más bien parece un mamut de tres toneladas y media que consume más de 18 litros de gasolina por cada 100 kilómetros. Es naranja y como son casi las seis de la tarde, el crepúsculo le impone un brillo irrecuperable.

Desde que Alejandro sacó a la bestia de la agencia, he venido escuchando su perorata didáctica: tiene un motor de 8 cilindros, 6.2 litros, con 393 caballos de fuerza; su velocidad máxima es de 180 kilómetros por hora; aceleración de cero a 100 kilómetros en 10.2 segundos…

Trata de convencerme. Cree que tengo 790 mil pesos que desembolsaría sin remordimiento alguno. Quisiera decirle que mi intención no es comprarla, que lo que busco desde que me paré frente a ella en avenida Revolución es manejarla. Necesito saber por qué esta camionetona es la reina de los excesos.

Necesito sentir una Hummer.

Quiero ver si tiene razón José Carlos García, un arquitecto de 27 años al que conocí en un autolavado. Bajó temerariamente de su Hummer amarilla como un huevo y me dijo:

“La agresividad y poder son asombrosos. Al volante la sensación es de lentitud, pero ves al mundo debajo de ti. Eso es literal. Estás a un nivel más alto del piso. Eres un chingón. Quien tiene una Hummer compra en los escaparates de Mazarik, tiene un piso entero en la Condesa, las Lomas o en Polanco, va al gimnasio y devora a la ciudad. ¿Es una camioneta relacionada con los narcos o delincuentes pesados? Sí, en dos o tres semáforos te detienen para una revisión. Pero eso es parte de la leyenda. En una Hummer se sube Dios o se sube el Diablo”.

Alejandro: las llaves, por favor.

* * *

La capacidad de su cajuela es envidiable: al menos caben 29 paquetes de cocaína, ocho radios de comunicación, 12 granadas, 19 armas largas, 22 cortas, 62 cargadores de diversos calibres y 500 cajas de cartuchos…

Eso traía la Hummer que unos sicarios abandonaron en el kilómetro 287 de la carretera Ciudad Victoria-Matamoros. Fue el viernes 8 de febrero de este año, cuando la violencia comenzaba a clarear en el país: los integrantes de la Policía Federal Preventiva viajaban en una camioneta Ram Charger y perseguían a una Land Rover y a la Hummer. Fueron 30 kilómetros endemoniados. La policía sólo detuvo a los tripulantes de la Rover, dos muchachos que no pasaban de los 20 años.

La Hummer se perdió en la polvareda. Más tarde aparecería abandonada como si los 600 mil pesos que cuesta se recuperaran en un sólo traslado de cargamento. Ahí se supo de su capacidad de cajuela.

Es ideal para el trabajo duro.

* * *

Cómo fui a olvidar la cámara para filmar mi soberbia al volante cuando el vendedor me la entrega frente a la puerta Uno de Ciudad Universitaria, al sur del DF.

¿Esto sentía Vicente Fox cuando recorría su rancho en esa Hummer que el ejército le dio en comodato? Aquella que nos presumió a los mexicanos. Una cosa es clara: el ex presidente también tiene cierta debilidad por esta caja fuerte, por este sofisticado juguete.

Allá él. Yo voy rebasando sin problemas. El mastodóntico aspecto de la camioneta espanta hasta al más acabado cafre. Acelero. Imponente.

Si tuviera entre 35 mil y 75 mil dólares, no los podría derrochar en una H1, diseñada originalmente para el ejército, porque en México sólo la adquiere la Secretaría de la Defensa Nacional.

Pero sí podría adquirir una H2, la primera versión ciudadana. Longitud: 5.45 metros y dos metros de alto, para algunos exagerada, para otros llamativa. Parece una locomotora.

O una H3, versión reducida pero con todas las características de la original, y desde 2006 el SUV (Sport Utility Vehicle, vehículo de utilidad deportiva) favorito, sobre todo de las mujeres.

Voy en el lujo encarnado: enciendo el equipo de sonido marca Bosé y encuentro la inclinación ideal de los asientos de piel; me pavoneo desde la ventanilla a dos metros de altura. Qué buen gusto y qué detalle en los cromos de la consola ¿La hora? Me la obsequia un reloj Bulgari…

Viajo en el confort total: las vestiduras son color beige, el volante es de piel, deportivo; el cinturón de seguridad no me atrapa, me consiente.

Es el poderío: apenas acelero y ruge, se escucha su fiereza. Todo está al alcance de la mano: una transmisión automática de seis velocidades, que sirve también para carga pesada; dos tipos de tracción controladas electrónicamente. Uno detecta neumáticos derrapantes y aplica frenado a cada uno de ellos de manera individual, con el otro le da mayor deslizamiento a las ruedas cuando se transita por superficies como arena o nieve…

No me quiero bajar.

* * *

Un suceso en Mexicali podría alimentar la leyenda oscura de las Hummer.

Fue el sábado 19 de enero pasado. La policía municipal encontró calcinada una de estas trocas. La abandonaron. Su osamenta dorándose al sol. El fuego quemó toda prueba de quien la conducía, pero no una certeza: es la misma que arrolló y mató a Luis Aguilar, un agente de la Border Patrol estadounidense.

Junto con una Ford, huía de las autoridades estadounidenses por las dunas del Valle Imperial. Y Luis Aguilar, oficial del sector Yuma, fue atropellado cerca de Gray Well Road, al sur de la autopista Interestatal 8, cuando colocaba cintas a lo largo del camino en un intento de detener a los mastodontes motorizados.

Aceleró la Hummer y le pasó encima.

En ella, se sabría después, viajaban traficantes de personas. Cuatro días después las autoridades mexicanas arrestaron a Jesús Navarro Montes en Ciudad Obregón. Es un coyote, con una orden de arresto pendiente en Mexicali, y el tipo fue acusado de matar al agente.

* * *

Es naranja. ¿Ya lo había dicho? Lo lamento, pero esta Hummer me tiene embrujado. Ahora entiendo por qué Arnold Schwarzenegger tiene ocho. De todos los colores. Y para que los ecologistas no lo siguieran “fastidiando” tomó la decisión de colocarles motores que funcionan con hidrógeno. Lo que es el poder. Schwarzenegger no sólo fue el primero en llevar las Hummer a las pantallas de cine sino que también fue pionero hollywoodense en serpentear las calles de Santa Monica y Beverly Hills con estos animales mecanizados.

Ya experimentaré yo, cuando flotemos en los lagos de Araro, Michoacán, un espasmo interminable: la Hummer llenándose de fango cuando entra al lago a 90 kilómetros por hora, con el acelerador a tres cuartos, los limpiaparabrisas sacudiendo el lodo y, ante el más ligero volantazo, sus tres toneladas y media se convierten, sobre el agua, en un cisne de más de medio millón de pesos…

Sabré por qué intimida ver por el espejo retrovisor que atrás nuestro avanza una musculosa Hummer.

¿Saben por qué? Porque es un acorazado. Porque puede subir y bajar banquetas, camellones, vados, como si nada. Por que cada día las calles amanecen más llenas de estos vehículos manejados por una nueva clase social, por narcotraficantes, políticos, artistas o deportistas.

Porque con asientos tan grandes como el sofá de tu casa, te hace sentir como un habitante del Primer Mundo y no como un sencillísimo conductor.

Qué emoción.

Pero como todavía eso no sucede, aquí voy, sobre Insurgentes Sur. Siento la ligereza de su dirección hidráulica integral en un breve zigzag; sirve para eludir hasta el obstáculo más peligroso. Tiene suspensión delantera independiente con barras de torsión, la trasera poseé gigantes resortes.

Es un sinónimo de libertad; sus nuevos rines de aluminio de 17 pulgadas le dan un aire deportivo y sus defensas plateadas delanteras y traseras son tan resistentes como el personaje de La Mole; destaca su aspecto robusto y atrevido.

A bordo de una Hummer el mundo es otro.

* * *

Los diarios ilustran los avatares de quien posee una Hummer: la primera aventura de vértigo debe ser desembolsar los dólares. Pero hay más…

La H2 es la más grande de la familia: más de cinco metros de longitud, pero sale de la agencia sin blindaje. Así que al recibir los primeros disparos en el costado izquierdo, no hay sino que intentar la huída a bordo de la tanqueta. Pero hay que controlarla…

Ocurre en Ciudad Juárez; Chihuahua, cuando apenas despierta marzo.

A esta Hummer de poco le sirve la tracción en las cuatro ruedas. Nada puede hacer la caja automática de seis cambios: no es de manejo refinado. Pero el cofre rodante permite a sus tripulantes, con el semblante entintado de muerte, realizar un último intento por huir.

La persecución inicia a la altura de Sanborns en la avenida Triunfo de la República. Cuadras adelante la impericia con los casi 400 caballos de fuerza desbocados en la estrechez de las calles lleva a su conductor a incrustarse en una vivienda en el cruce de López Mateos y Melquíades Alanís. La camioneta arranca la ventana y destruye los muebles de la sala. La Hummer, una fortuna de 68 mil 438 dólares, queda bajo el resguardo de la luna.

Sus tripulantes son levantados. Es decir: secuestrados, torturados y ejecutados.

* * *

Ahora sí, está sucediendo: estoy en un Hummer Happening. Lo organiza la concesionaria. El objetivo: probar un poco de la gloria de domar a un dinosaurio rodante, pavonearse arriba de los mastodontes, demostrar el poder que otorgan los 4×4.

Aquí está Juan Bosco Martínez, un joven y experimentado conductor que logró una marca, en febrero de 2007, en la prueba de ascenso de un sólo intento al Pico de Orizaba: subió una H2 a 4 mil 670 metros sobre el nivel del mar.

Su empresa, Bosco´s camp 4X4, es la encargada de la estrategia y logística de los Hummer Happening, una excursión a campo traviesa para sentir el placer de juguetear con estos aparatos

Para Juan, el de las Hummer “es un fenómeno muy especial. Es un vehículo que puedes utilizar en la tarde, lo llenas de tierra, y después le das un baño y lo puedes llevar a cualquier cena, a cualquier alfombra roja. Eso no te lo da, por ejemplo, un jeep”.

Y revela uno de los secretos financieros:

“…El modelo que más se ha vendido en México es el pick up, por el pago de tenencia. Por la H2 SUV pagas más de 30 mil pesos al año; y el impuesto para el H2, pero SUT, por ser de transporte, no supera los dos mil pesos. Y si lo ves por el aspecto físico, es más sport y le gusta más a la gente…”

Veamos los precios en México de las Hummer 2008: la más económica, la H3 Luxury: 37 mil 290 dólares; la más costosa, la H2 SUV Luxury: 75 mil 090 dólares (con un año de seguro gratis).

–Una camioneta Hummer, es un capricho muy costoso, ¿o no?

–Depende de cómo lo veas –responde Bosco–. ¡Es más barata que un Ferrari!

* * *

El sábado 26 de abril de este 2008 una caravana de 10 Hummers salió de Morelia hacia el municipio de Araro, en Michoacán: 65 kilómetros. Todos, de acuerdo con las órdenes de Juan Bosco, debían bajar la presión del aire de neumáticos, de 35 a 20 libras, para poder penetrar sin dificultades los sinuosos caminos que nos llevarían sin problemas a la cima del cerro.

Para asistir a este happening han puesto a este reportero dos limitaciones: no publicar fotografías de los dueños ni, por supuesto, sus nombres. Es parte de la confidencialidad con la que se maneja este selecto círculo.

De acuerdo. Así podré contar que viajaré en el vehículo líder; que estaré a bordo de las camionetas unas ocho horas; que terminaré con dolor de cuello y con los pantalones y los zapatos llenos de lodo; que me subiré a la Hummer y cruzaré el lago un par de veces; que las camionetonas sortearán pequeños pantanos; que por momentos me poseerá el demonio, y que la sonrisa de poseer uno de estos vehículos y llevarlo al límite, es la cereza de la tarde.

Conoceré también que las Hummer son vehículos que adquieren, cada vez en mayor número, las mujeres mexicanas.

Confía Alejandro Arnáiz, de la concesionaria en Morelia:

–Precisamente con la salida en 2007 de la H3 se trató de llegar al mercado femenino. Además, la Hummer fue etiquetada en un tiempo como el narcoauto, lo que hizo que bajaran un poco las ventas. Tuvimos que idear cómo reposicionar al producto y una de las ideas fue la creación de los happenings: es aquí donde, con la ayuda de Bosco´s Camp, les mostramos a nuestros clientes hasta qué extremo pueden llevar a sus vehículos. Y terminan felices…

Y cómo no, si las rutas suelen ser fascinantes. En esta ocasión, para comenzar, Juan Bosco lleva a los participantes a que coloquen su camioneta sobre un montículo de arena y cuando, paso a pasito, bajo sus órdenes, los dueños alcanzan los 45 grados de inclinación, la familia estará lista para sacar la foto.

* * *

“Las rutas siempre son nuevas –comenta Juan Bosco– y se hacen pensando en la seguridad del participante, pues otros clubes han metido los vehículos a un río en septiembre, cuando sube la creciente, y se han perdido jeeps. La gente se espanta, las esposas se ponen nerviosas y después de una mala experiencia así, no vuelven.

“Por eso hay que tener identificados la fecha, el clima, el terreno. Todo eso es muy importante. Por eso se explora previamente cada ruta. Y a cada una se le buscan los caminos más seguros”.

–¿Cuáles son la salidas que prefiere la familia Hummer?

–Las que le gustan más a la organización y a los participantes son: Real de Catorce, caminos de mina muy viejos, con voladeros de tres mil metros. Ahí vas, subiendo lentamente, y vas escuchando el crujir de las piedras a tu paso. Todo el día es avanzar muy despacio, como un tanque.

O las dunas, en Veracruz: 60 kilómetros con elevaciones de hasta 60 metros de altura. Se requiere de mucha técnica. Son rutas profesionales, un terreno nada sencillo, pero con una pequeña inducción de técnica, los participantes van tomando el modo y van conociendo el trazado y el vehículo. Todas son hermosas, pero esas tienen un detalle especial.

Están, además, Las Barrancas del Cobre. O Durango. O Baja California, en donde cruzamos los vehículos en el Ferry de Mazatlán y hacemos La Paz-Los Cabos, por brecha, en caminos de la Baja 1000. El escenario es precioso porque son cactus sobre arena muy blanca. Son sitios a los que sólo Hummer te puede llevar.

Igual vamos al Volcán Paricutín, que a Amacuzac, aquí en Morelos, muy cerca. Villa del Carbón.

–¿Cuál te gusta más?

Guadalajara es muy bonito. Allí en la Sierra del Tigre en Ciudad Guzmán, y lo que es la Laguna de Sayula, hay mucho lodo. Todo el día hay lodo. Son dos días en que amanece lloviendo y termina lloviendo. Es puro lodo tipo mantequilla, muy especial. Las Hummer entran derrapando con las cuatro ruedas y luego se oscurece todo dentro, increíble. Es muy divertido, la sensación es muy agradable.

Acapulco, para los del Distrito Federal, es como un edén, y todo mundo corre para allá. Cruzamos el Río Papagayo –que trae un afluente muy interesante– casi en la zona de Barra Vieja, y es casi un metro con 20 centímetros de profundidad, con cierta corriente. Y a veces flota la camioneta. Empiezas aquí y acabas acá. Flota. Y sale… ¡cómo no!

* * *

Aquí estoy, ahora ante este pequeño lago de Araro. Llevaré la Hummer a tope en dos ocasiones. Antes, me detengo a observar: la puerta trasera es de una sola pieza, tiene desempañador eléctrico y limpiador de dos velocidades; los espejos retrovisores son eléctricos, plegables, con cristales que también se ajustan eléctricamente, antiempañantes, electrocromáticos (sensibles a la luz) y con memoria.

Al interior, los asientos en piel, las consolas centrales y vestiduras con refinamiento en cada detalle. Tiene un panel de instrumentos con acabados en aluminio y, en la parte trasera, controles para aire acondicionado posterior.

Pantalla a color Panasonic LCD de 8”, montada en el techo con entrada para DVD, sistema de sonido Bosé de 10 bocinas; bolsas de aire; sistema de monitoreo de presión de llantas, sistema StabiliTrak para estabilización automática, y pantalla de visión trasera; frenos ABS con calibración especial off road, acceso sin llave y encendido remoto.

Nada la detiene. Es capaz de dejar el asfalto y cortar camino sobre cualquier superficie irregular gracias a la suspensión de aire autonivelable independiente, que mantiene al interior todo en su lugar.

Por su altura con respecto al piso, de 25 centímetros, es capaz de vadear hasta medio metro de agua, y tiene una capacidad de arrastre de tres mil 182 kilogramos.

¿Favorito?

El H2, el más atractivo y vistoso del mercado. Por su nivel de equipamiento. Por la amplitud del espacio interior. Por su color naranja, al atardecer. Y porque me empecino: no me quiero bajar.

A unos segundos de que la meta al lodo, me lo dice Enrique, del equipo de Bosco´s:

“Cuando sientas el agua no sueltes el acelerador, disfruta; volantea para comprobar que tú tienes el control. Sin miedo. Ah, y no te preocupes: la pintura tiene una protección especial contra la corrosión”.

Qué pronto me comienza a poseer. Me va transformando. Espanto a un par de caballos que se cruzan en mi camino, dejo atrás otra pequeña laguna y siento que pierdo la Hummer en un pantano; sale gracias a su monstruosa fuerza. Grito. ¡Wow!… Ríe Piedrique, del staff, cuando le pido permiso para volver a hacerlo. Anda, una vuelta más…

Y allá voy, con los sentidos exacerbados; el corazón latiendo aprisa. Quiero tomar más vuelo, deseo entrar más rápido al lago. Los volantazos harán que, por unos segundos, esta Hummer, negra por el lodo, sea lo más parecido a un yate desbocado. Otra certeza: se me está metiendo el diablo.

* * *

Los gritos de los niños son idénticos a los que emitirían en la montaña rusa. Pero están en el Hummer Happening Morelia.

–¡Písale! ¡Con fuerza! –incitan a Alejandro Arnáiz, quien juega a también ser niño y mete la camioneta a los surcos de un ejido abandonado. Las sacudidas son terribles. Pero lo mismo cruza canales, entra y sale de pantanos; surca vados y sube montañas.

La Hummer es sin duda uno de los vehículos más rudos, agresivos e imponentes en el mercado. Todo hombre y por supuesto, muchas mujeres, han soñado alguna vez con tener a la corpulenta del asfalto, cuyas entrañas son lujosas y confortables.

–Yo me voy a comprar una color rosa, como la de Fergie, la cantante –revela Marifer con una amplia sonrisa, quien desde que se subió a esta camioneta piensa que no hay vehículo más seguro.

–¿No te da miedo de que, por ejemplo, te secuestren?

–Nooo. Arriba de una tienes muchas más posibilidades de salir de un ataque así. Hay que manejarla sin miedo. Mi mamá dice que es de raperos y reggaetoneros, pero a mí me encanta…

La moda nos impone cosas que la mente racional, en su sano uso, desecharía. La gente la compra, pero la mayoría nunca se mete al lodo, o intenta cruzar el monte, y ya no digamos a una zona de combate. Es uno de los vehículos más llamativos que se han fabricado. No hay una sola persona que no voltee a verlo con asombro, por su exterior, por sus colores o por sus imponentes dimensiones.

Prueba siguiente, para el asombro de sus propietarios: flexión de suspensión trasera.

Traducción: meterán su Hummer a una profunda hondonada hasta el punto de que la llanta derecha trasera se eleve más de un metro y medio. Riesgo: elevado.

Satisfacción: garantizada.

¿Sabrán que su origen se encuentra en la necesidad militar de contar con un vehículo capaz de ir a cualquier lugar y hacer casi cualquier cosa?

¿Sabrán que su nombre deriva de High Mobility Multipurpose Wheeled Vehicle, es decir, vehículo de ruedas multipropósito de alta movilidad?

¿Sabrán que en 1991 se consagró en la Tormenta del Desierto, como George W. Bush llamó al ataque contra Irak?

–El próximo happening es en Guanajuato. ¡Inscríbanse! –invita Juan Bosco.

Cuatro de diez levantan la mano.

* * *

De vuelta a la Hummer naranja, unos días antes de ir al happening. Alejandro dice que todo el mundo las ama. No es cierto.

He leído que también se les odia.

Por ejemplo, para el periodista Dan Neil –ganador del premio Pulitzer por sus ácidas críticas de autos en Los Angeles Times– el H2 es uno de los peores autos de la historia, no por su desempeño sino porque considera un despropósito haber lanzado este vehículo en una época en la que se avecina la escasez de petróleo, y justo dos años después de los atentados del 11 de septiembre, cuya connotación también está relacionada con la guerra por este recurso no renovable. Por eso no dudó en catalogarlo como un “rencoroso reaccionario”.

En el reporte 2007 Initial Quality Study de la agencia de estudios de mercadeo automotriz, J.D. Power y Asociados, una lista que reconoce a los mejores automóviles en materia de calidad, la Hummer aparece como una de las que más quejas reciben por parte de sus consumidores.

Los peores números según la encuesta hecha a 97 mil conductores de coches y camionetas son para: Land Rover, ex filial de Ford (un total de 170 problemas reportados por cada 100 unidades), seguida de Mazda (163 para cada 100 unidades) y Hummer (162 por cada 100), Jeep (161 por cada 100) y Volkswagen (160 por cada 100).

Pero otra verdad es lo que dice José Carlos, el dueño de la Hummer color huevo:

“Es un magnifico invento de la tecnología moderna. Con solo verla te tiemblan las piernas. Imagínate subirte, y todavía mejor… manejarla. La experiencia es única, te sientes una estrella de Hollywood o una chava muy buena, todo mundo te voltea a ver, hasta los güeyes. Ya te imaginarás el pegue que te cargas, bueno, tú no eres el del pegue, y en ti no se fijan, sino en tu Hummer, pero sirve de gran ayuda al momento de ligar. Ahora, que si la Hummer hablara, primero te abandona”.

–Hay que ser imbécil para comprarse un auto que sólo sirve para quemar combustible al ritmo de un avión –dice Alberto Pérez Ramos, experto en mercadotecnia y simpatizante de Greenpeace.

“Con el cambio climático sobre nosotros, tanto la gente como los fabricantes de automóviles deberían tomar conciencia sobre el medio ambiente. Traer una Hummer es una irresponsabilidad”.

Ya han surgido lo mismo movimientos en contra. Cuenta Alejandro Arnáiz que en California a un individuo se le ocurrió, en su muy personal combate anticontaminación, quemar 40 Hummers de una distribuidora.

En algunas partes del país se organizan rondines entre adolescentes con la consigna de ponchar las llantas de las Hummer o romperles los cristales. O ambas. Y todo: “Por el medio ambiente”.

* * *

Se escucha en la radio policial, en Culiacán. Es la noche del lunes 29 de julio:

–Hay un ejecutado La Primavera, al sur de la ciudad.

Los elementos de la policía estatal, detallan el hallazgo: presenta disparos, y cerca del cadáver hay casquillos calibre .9 milímetros.

De inmediato diferentes corporaciones policíacas se trasladan al camino de terracería que conduce al dique La Primavera, y a espaldas del sector residencial, encuentran, efectivamente, el cuerpo sin vida de un hombre.

No saben que, agazapados, les espera un grupo de sicarios.

Ya en la brecha, levantan el informe: el occiso viste playera gris, pantalón negro y tenis tipo Converse; es moreno claro, robusto, y de 1.60 de estatura, aproximadamente…

Cuando de pronto: bang. Uno, dos, tres bangs.

Les disparan.

Escondida en el camino, una Hummer blanca con varios individuos a bordo, al ver las patrullas, no lo dudan: aprietan el gatillo de sus armas; rafaguean a los policías. Y aceleran.

Nadie más muere. Comienza entonces, por un lado, la huida; por otro, la persecución.

Por ambos, los disparos no cesan.

Pero esta vez la Hummer en la que, en teoría desaparecerían los delincuentes, termina volcada. Porque rápidamente acuden todos los uniformados de Sinaloa: soldados, policías federales y corporaciones locales.

Y reportan que fueron los sicarios quienes iniciaron las ráfagas. Que se internaron en un fuego cruzado, que los gatilleros huyeron por diferentes rutas, por lo que los agentes comenzaron a seguirlos; que durante la persecución, el conductor de la Hummer giró hacia una zona de matorrales, que eso le llevó a perder el sentido de la ubicación; que el vehículo blanco, la enorme Hummer, golpeó contra un árbol; que se volcó.

Pero también reportan el colmo: que, aún así, los sicarios que la tripulaban, huyen a pie.

* * *

Las cifras de la General Motors dicen que hay casi cinco mil de estas camionetas circulando en México. Se refieren a las vendidas en el país; habrá que aumentar las que legal o ilegalmente entran por las diferentes fronteras.

Llegaron a México el primero de agosto de 2004. Comercializadas con el modelo H2, únicamente se vendieron 160 unidades, con seis distribuidores: ciudad de México, Guadalajara, Tijuana, Puebla, Chihuahua y Culiacán.

Para el 2005 aumentaron a 18 los distribuidores y las ventas a mil 47 unidades; en el último trimestre de ese año fue lanzada la H3, lo que quiere decir que la H2 fue la que sostuvo la mayor parte de las ventas.

Ya en 2006 se comercializaron los dos modelos, y eso se vio reflejado en los resultados: más de 2 mil 400 unidades vendidas, con una demanda importante de H3 y un destacado crecimiento de distribuidores.

Y en 2007 se vendieron más de mil 800 unidades, con más de 22 distribuidores.

Para uno de ellos trabaja Alejandro. E insiste en venderme la Hummer naranja. ¿Le confieso que sólo necesitaba descargar esa adrenalina que han de experimentar los familiares del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, cuando manejan una? No, demasiado tarde. Tan tarde como el llamado de Chávez a detener en su país esa “Revolución de las Hummers”.

Trece de cada 100 vehículos comunitarios que se venden en México son Hummer. La marca aspira a que sean 18 por cada 100.

Es un gladiador del asfalto, con el porte de monarca.

Y muchos le rinden culto. Cada día nacen en internet sitios dedicados a recopilar todas las excentricidades que se le pueden realizar, como bañarla de oro, colocarle piscina, alargarla a tamaño limousine, levantarla a tres metros del suelo, propulsarla con hidrógeno; o pintarla de rosa.

La mayoría de los compradores son hombres con formación universitaria, ingresos superiores a los 100 mil pesos mensuales y un parque automovilístico que incluye al menos otros dos automóviles de clase cinco estrellas.

* * *

En las calles de Santiago Papasquiaro, es seguro, el diablo viaja en Hummer desde 2007.

La leyenda dice que una Hummer azota a este pueblo duranguense: cada vez que merodea por las calles son levantados algunos pobladores.

Todo es por una cacería de puchadores, de vendedores de cristal. Los distribuidores quieren de nuevo a la cocaína como la droga que pulverice las fosas nasales de la región. Y para eso, hay que eliminar a los necios.

De octubre a la fecha al menos tres personas han sido trepadas a la Hummer, al baúl de la muerte.

De ahí que cuando por las noches ronronea el motor V8 no se duerme en Papasquiaro. Rafael Luna se durmió y ese fue su error. El pasado 10 de febrero amaneció tapado con una cobija; los de la Hummer lo levantaron, le pegaron múltiples disparos y se desangró durante toda la noche. Tenía 46 años, y era vecino de Tepehuanes, empresario y presunto colaborador de la PGR; le hicieron cavar su propia tumba.

Otro de los levantados fue Melesio Ceballos Duéñez, de 45 años, propietario de un bar, ganadero. Y uno más: a Francisco Ramírez, “el Negro”, simplemente lo semienterraron en un paraje solitario.

Oscurece y todos se meten a sus casas en Santiago Papasquiaro. Un ronroneo de 400 caballos de potencia se mete por las ventanas y estremece hasta a las peores pesadillas.

* * *

Ahora te toca a ti.

Sube. Te espera una cabina que combina la piel de los acabados con perfectos trazos en metal que decoran el equipo Bosé y enmarcan una serie de botones que lo mismo accionan el remolque con capacidad de 3 y media toneladas que la tracción en cada una de sus ruedas.

Es automática. Una pequeña pantalla de video aparece al lado derecho del espejo si metes reversa. Pequeño rugido al motor, apenas para apreciar el sonido de sus 8 cilindros. Nada que ver con los 125 caballos de tu Neón; a este tanque urbano lo mueven casi 400 caballos de fuerza.

Es el auto emblemático del hombre moderno. Quien lo compra es porque quiere llamar la atención, revela Alejandro, el vendedor. En su nombre se rinde culto. Todas las voces lo mencionan, para bien o para mal.

Es toda una inversión: 25 mil pesos de seguro anual; más de 30 mil de tenencia. Y la gasolina… No en vano a las empresas, muchas veces, les conviene más rentar uno de estos vehículos aunque paguen cantidades superiores a los 150 mil pesos mensuales.

Ahí estás –la piel de los asientos es calefactible–, escuchando a U2, metiendo drive, acelerando. Surca con una suavidad pasmosa el circuito del estadio; es silenciosa. No te detengas a pensar en el gasto de combustible y pisa fuerte pues no cede ante ninguna curva.

No cruza los topes, los deja atrás. Y sí, estar al volante de una Hummer te da importancia. El vendedor acepta que son un lujo sólo apto para artistas, políticos, empresarios y narcos.

Tomas Insurgentes hacia periférico y regresas en el trébol. No hay necesidad de ir a fondo, su desplazamiento es tal que nadie te alcanza.

– Además, todos te voltean a ver. Todos.

Y sí, algunos están distraídos, otros las odiarán, pero durante 20 minutos te voltearán a ver, con curiosidad por descubrir tu rostro, al menos 15 personas.

–¿Cuánto por este modelo?

–Es una H2 2008: 790 mil pesos. Y tengo una ganga, deberías de aprovechar. Es una azul delfín del 2007; te la dejo en 670 mil. ¡Un regalo! Piénsalo, no te vas a arrepentir…

Tomas los lavaderos de Ciudad Universitaria para volver hacia Revolución; no has incomodado a nadie con el tamaño. Salvo la señora del Civic azul que invadió tu carril sin proponérselo – “qué osada” dirá Alejandro–, nada perturba tu prueba de manejo.

De vuelta hacia la agencia volteas a verte en las grandes vitrinas y sí, estás a bordo de una Hummer, sientes su confort, su lujo, aún discutible para un auto de categoría premier, con la leyenda de sus ruedas de 22 pulgadas y una nutrida historia de aventuras en Irak.

Te subiste a una. Pudiste rebasar a un par de enanos cuya marca ni recuerdas; era naranja, casi daban las seis de la tarde cuando el vendedor finalmente, tras el papeleo de rigor, te entregó las llaves.

Es un monstruo del camino, es fascinante. Su manejo es similar al de un vehículo cualquiera, lejos quedaron los burdos y rudos acabados de su antecesor, el H1, y no te queda duda de que la marca en 2008 sólo simboliza glamour.

Cuán poderoso te puedes sentir sólo por estar trepado en una Hummer.

–No es la gran cosa –dirá quien esté acostumbrado a conducir vehículos todo terreno de gran lujo.

Quizá sea cierto. Pero verte conduciendo una, sentir la velocidad del viento meterse por la pequeña ventanilla lateral, cruzar los pantanos o colocarla a 45 grados de inclinación sobre enormes rocas, en fin, saberte a cargo de un Vehículo de Ruedas Polivalente de Alta Movilidad creado para el exterminio, es algo que te deja una amplia satisfacción.

No dormirás pensando en que a una Hummer se sube Dios y se sube el diablo.

La que me volvió un demonio fue color naranja. Olvidé mi cámara y pronto se acabó el crepúsculo.

Carlos Loret de Mola Historias de un reportero
Naturalizados

Considerar a los mexicanos por naturalizació n como no-100%-mexicanos viola la Carta Magna. Es racista, discriminatorio, xenofóbico e ignorante

El torero español Miguel Ángel Perera engarzaba muletazos y olés en la Plaza México cuando del tendido surgió un grito que se escuchó en el coso entero: “¡Naturalízate!” . Todos rieron.

El segundo cargo de atención pública más sujeto a crítica después del de Presidente de México es el de director técnico de la Selección Nacional de Futbol. Lo ostenta el sueco Sven-Göran Eriksson, quien ha decidido incorporar al equipo tricolor a cuatro personas que nacieron fuera de nuestro país, pero que adquirieron gracias a su futbol la nacionalidad mexicana por naturalizació n.

“¿Por qué no convoca a mexicanos, por qué tantos naturalizados?” , reclaman algunos especialistas del deporte más importante del mundo. Hay quien incluso propone poner un tope de no nacidos en México (¿cuatro, cinco?) que puedan vestir “la verde”, argumentando que con ello se impulsa el mejor desempeño de los “futbolistas mexicanos porque no vaya a ser que en unos años tengamos una Selección Nacional con puros naturalizados” .

No existen mexicanos y naturalizados: los naturalizados son ciudadanos mexicanos, en pleno goce de sus derechos. En el momento en que reciben el pasaporte, la nacionalidad por la vía de la solicitud, se vuelven tan mexicanos los que nacieron en Sao Paulo o Mar del Plata como los de Zamora o Guadalajara. Tan mexicanos Zinha y Vuoso como Rafa Márquez y Memo Ochoa.

La Constitución, sin ir más lejos, en su artículo 1 prohíbe “toda discriminació n motivada por origen étnico o nacional”. El artículo 30 es contundente: “La nacionalidad mexicana se adquiere por nacimiento o naturalizació n”. De ahí para adelante, no discrimina: todos somos ciudadanos mexicanos. Sólo establece una diferencia entre los que nacimos y los que se volvieron: el artículo 82 marca que para ser Presidente de México “se requiere ser ciudadano mexicano por nacimiento”.

Considerar a los mexicanos por naturalizació n como no-100%-mexicanos viola la Carta Magna. Es racista, discriminatorio, xenofóbico e ignorante. Demuestra la mediocridad del que no quiere competir más que contra los del vecindario, la cortedad de miras del que se niega a pensar en México como un país cosmopolita y marcha a contracorriente de potencias que flexibilizan sus fronteras, unifican sus monedas y consiguen el progreso de sus pueblos creando nacionalidades comunes.

Si cualquiera que mete 15 goles se vuelve mexicano, el problema no es de Sven-Göran Eriksson que los alinea, sino de Gobernación que les da el pasaporte por la vía rápida, quién sabe con cuántas corruptelas en el camino de autoridades, a representantes de jugadores y directivos de equipos. Habrá que pedirle a Migración que endurezca los trámites, no a la Federación de Futbol que ponga límites racistas. Y que “la verde” la porten los mejores con nacionalidad mexicana, por nacimiento o naturalizació n.

La otra es que se consensúe una reforma constitucional para reescribir el artículo 82. Quedaría así: “Para ser presidente o delantero central de la Selección Nacional de futbol es necesario ser ciudadano mexicano por nacimiento”.

Son 10. Son grandes. Pertenecen gobernadores, políticos,prominentes empresarios

y trasnacionales. Y son las consentidas de as autoridades en el agro nacional. Son las 10

hermanas del campo mexicano.Las 10 principales empresas que controlan,

acaparan, comercializan, revenden y obtienen ganancias millonarias con los alimentos de

consumo general. No sólo eso: información oficial evela que reciben anualmente millonarios ubsidios del gobierno federal. Cantidades muy lejanas a lo que se otorga a campesinos y organizaciones gropecuarias de México.Un ejemplo: en los primeros cinco meses de ste año, sólo entre esas 10 empresas se repartió 3 por ciento de los recursos que la Secretaría e Agricultura transfirió como subsidios a 300 ompañías y organizaciones. Puesto en pesos, las 10 hermanas se llevaron 550 millones de los mil 282 millones de pesos que el gobierno federal entregó en subsidios a la agroindustria de enero a mayo de 2008. Sus nombres son muy conocidos: Bachoco, Minsa, Maseca, SuKarne, Cargill, entre ellas. Y sus propietarios son políticos como el gobernador de Sonora, Eduardo Bours, o el alcalde de Culiacán, Jesús Vizcarra, quien aspira a la gubernatura de Sinaloa.

Otras pertenecen a empresarios muy cercanos al poder político: Roberto González Barrera y Raymundo Gómez Flores, por citar dos casos. Y las hay filiales de transnacionales como Cargill, una de las más poderosas corporaciones que controlan los alimentos a nivel mundial, y que a pesar de su poderío económico recibe subsidios del gobierno mexicano. Este es un retrato de ellas, de las 10 grandes hermanas del campo mexicano —para identificarlas al igual que a las “siete hermanas” de la industria petrolera mundial, es decir, las siete compañías trasnacionales que controlan ese

mercado en el planeta.

✱✱✱

Viajemos por sus grandes complejos, calculemos las horas-hombre, tracemos sus movimientos bursátiles: leamos de quiénes se trata. Empecemos con un vistazo al documento “Concentrado de avance por subprograma y/o esquema de apoyos entregados” elaborado por la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarollo

Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa), para saber cómo al día 29 de mayo de 2008 el

gobierno federal había beneficiado con subsidios a esas empresas de la siguiente manera:

Gradesa. Granos y Derivados, SA. Es una organización agrícola de Sonora capaz de exportar 300 mil toneladas anuales a Europa, Asia, África y Sudamérica; es la empresa con mayor movimiento en Ensenada y su representante es Guillermo Navarro Rivera.

Por flete terrestre de 16 mil toneladas de maíz blanco recibió un subsidio de 6 millones

548 mil pesos.Por apoyo a la exportación de 70 mil toneladas de trigo cristalino, cosecha otoño-invierno 2007 del estado de Sonora: 28 millones 539 mil pesos.

Por apoyo a la exportación de 104 mil toneladas de trigo cristalino, cosecha 2006-2007 de Baja California y San Luis Río Colorado: 52 millones 509 mil pesos. Por apoyo a la exportación de 61 mil toneladas de maíz blanco: 24 millones 684 mil pesos.

Total: 112 millones 282 mil pesos en los primeros

cinco meses de este año.

Minsa. Maíz Industrializado del Sureste.

Propiedad de Raymundo Gómez Flores, pionera

y líder en la fabricación de harina de maíz para

todo el mundo.

Es líder internacional en la fabricación de

harina de maíz. Inició operaciones en 1952 como

empresa privada; sin embargo, un año más tarde

despertó el interés de la paraestatal Conasupo,

que la compró y la renombró Miconsa. En

octubre de 1993 fue readquirida por la iniciativa

privada.

Minsa tiene presencia en toda la República

Mexicana y Estados Unidos, a través de la ubicación

estratégica de sus ocho plantas. Cotiza

en la Bolsa Mexicana de Valores. Registró ventas

netas por 740.9 millones de pesos a marzo

de 2008, 3.2 por ciento superior a lo reportado

en el primer trimestre de 2007.

Por apoyo a flete terrestre de 308 mil toneladas

de maíz blanco recibió 99 millones 828

mil pesos.

Cargill de México. Comercializadora, importadora

y exportadora; produce, procesa y distribuye

productos agrícolas como oleaginosas,

aceites, granos para consumo humano, azúcar,

alimentos balanceados, y proporciona herra mientas financieras para proveer soluciones en

esta actividad.

Cargill también elabora fertilizantes y

agroquímicos, además de alimento para ganado.

Se involucra en la asesoría de proyectos

agropecuarios, en la agroindustrialización y en

la distribución de alimentos.

En otro sector, Cargill participa en la extracción

y comercialización de metales y minerales,

combustibles, en la inversión bursátil

y con capital de riesgo para empresas en crecimiento.

Esta multinacional tiene presencia en más

de 63 países y cuenta con 149 mil empleados.

Un estudio de la organización no gubernamental

Grain destaca que en el último trimestre

de 2007 Cargill incrementó sus ganancias 36

por ciento en comparación con 2006, al obtener

beneficios por 2 mil 340 millones de dólares.

Las prácticas de acaparamiento del maíz en

México han sido comunes

para esta empresa,

dice el reporte, y se acentuaron

tras las reformas

económicas durante la

década de los noventa.

Cargill recibió por

apoyo a la pignoración de

94 mil toneladas de maíz

blanco la cantidad de 25

millones 934 mil pesos.

Por apoyo al flete

terrestre de 83 mil toneladas

de maíz blanco: 24

millones 288 mil pesos.

Y por apoyo a la exportación

de 34 mil toneladas

de maíz blanco obtuvo la cantidad de 12

millones 901 mil pesos.

Total: 63 millones en los primeros cinco

meses de este año.

Unión Ganadera Regional de Porcicultores

de Sonora. A nivel nacional, su producción de

carne de cerdo se orienta al mercado sonorense,

al de Guadalajara y al de la ciudad de México. A

nivel internacional, exporta a Corea y Japón. Su

presidente es Gustavo Bárcenas Santini.

Además de encargarse de la compra de insumos

y del cuidado del estatus sanitario, la

Unión también representa a los productores

ante el gobierno del estado y forma parte de la

Confederación de Porcicultores, el órgano más

importante de representación de los porcicultores

a nivel nacional.

Cuando existe alguna controversia, es la

Unión la encargada de dar la cara por sus agremiados.

agremiados.

Ha logrado unir al 100 por ciento de los

productores tecnificados del estado.

Recibió 61 millones de pesos por apoyo directo

al acceso a 307 mil toneladas de granos

forrajeros.

Compañía Nacional Almacenadora. Subsidiaria

del Grupo Industrial Maseca, (Gruma)

propiedad de Roberto González Barrera. Celebra

los contratos y compra el maíz; también lo

monitorea, selecciona, maneja y transporta.

Es líder mundial en la producción y comercialización

de harina de maíz y tortilla, con

operaciones en México, Estados Unidos, Centro

América, Venezuela, Paraguay, Europa, Oceanía

y Asia.

Inició sus operaciones en México en 1949

con la producción de masa y tortilla. Aparte,

fuera de la producción de harina, Gruma adquirió

10 por ciento del Grupo Financiero Banorte

en 1992. Hoy es el principal accionista de ese

grupo financiero.

En asociación con Archer Daniels Midland

(ADM), Gruma tiene dos molinos de harina de

maíz en Estados Unidos y dos de trigo en México.

En Venezuela adquirió la empresa Molinos

Nacionales, segundo productor de harina de

maíz y trigo de ese país.

Con una planta en Coventry, Inglaterra, el

consorcio provee de tortilla y harina de maíz al

mercado europeo.

Compañía Nacional Almacenadora recibió

295 millones 818 mil pesos por apoyo al flete terrestre

y la pignoración de 962 mil toneladas de

maíz blanco.

Por compensación de bases a pagar al comprador,

5 mil 700 toneladas: 977 mil pesos.

Por apoyo a la exportación de 51 mil toneladas

de maíz blanco: 19 millones 195 mil pesos.

Total: 49 millones 691 mil pesos.

Bachoco. Perteneciente al gobernador de Sonora,

Eduardo Bours, y a su familia, es la empresa

avícola líder en México. Cuenta con una

red de distribución nacional y plantas procesadoras

que operan en más de 700 instalaciones,

organizadas en nueve complejos.

Con sede en Celaya, Guanajuato, es el principal

productor y procesador de productos avícolas

en México. Fue fundada en 1952, cuando

los hermanos Robinson Bours decidieron incursionar

en el negocio de la avicultura con una

granja para la producción de huevo en Sonora.

Entre sus principales marcas figuran Bachoco,

Dorado, Super Yem y Campi Alimentos

Balanceados.

Cuenta con una red de distribución nacional

y centros de producción que operan coordinadamente

en más de 700 instalaciones organizadas

en siete complejos productivos ubicados

en distintos puntos de la República.

Cotiza en la Bolsa Mexicana de Valores

desde 1997 y en la New York Stock Exchange, a

través de American Depositary Receipts, donde

circula 17.25 por ciento de sus acciones.

En su más reciente informe a inversionistas,

la Dirección General de Bachoco indica:

“Las finanzas de la Compañía permanecen sólidas,

con efectivo e inversiones temporales de 3

mil 162 millones”.

Bachoco tuvo enormes ventas en 2007: 18

mil 208 millones de pesos. Y en el primer trimestre

de 2008 tuvo un buen arranques: ventas

de 4 mil 743.3 millones de pesos.

Y aún así esta empresa obtuvo del gobierno

subsidios amplios.

Bachoco recibió por pignoración de mil 684

toneladas de maíz blanco la cantidad de 438 mil

pesos.

Por flete terrestre de 135 mil toneladas de

maíz blanco: 35 millones 185 mil pesos.

Por apoyo directo al acceso de 24 mil toneladas

de granos forrajeros: 5 millones 881 mil

pesos.

Por compensación de bases a pagar al comprador,

3 mil toneladas: 754 mil pesos.

Por flete terrestre de 13 mil toneladas de

sorgo: 2 millones 749 mil pesos.

Total: 45 millones de pesos.

Tablex Miller. Produce y exporta sémola de

trigo duro a Estados Unidos, Centro y Sudamérica,

y es resultado de la unión entre Grupo

La Moderna de México y Miller Milling Co. de

Estados Unidos, cuya inversión inicial fue de

12 millones de dólares. Cuenta con fábricas de

pastas, galletas, envases y molinos de trigo. Su

representante es Miguel Ángel Bravo.

Grupo La Moderna cotiza en la Bolsa Mexicana

de Valores desde 1987.

A Tablex Miller se le conoce como el molino

de sémola de trigo

más moderno del mundo.

Opera desde 1999 en

Navojoa.

La Moderna tiene

una capacidad de molienda

de mil 600 toneladas

diarias. Miller

Milling Co., por su parte,

tiene una capacidad de

molienda de 800 toneladas

diarias.

Ya como Tablex Miller

ganó el Premio Nacional

de Exportación

2003.

De enero a mayo de

este año recibió 39 millones de pesos por apoyos

a la exportación de 96 mil toneladas trigo

cristalino.

Productos Agrícolas Aoass. Subsidiaria de

Cargill. Impulsa y promueve productos que demandan

los mercados nacional e internacional;

busca esquemas de crédito para el financiamiento

de la agricultura por contrato y fomenta

la producción de cosechas.

Entre sus productos figuran aceites y grasas

comestibles, acidulantes, nutrición animal,

algodón, azúcar, fertilizantes, granos y molienda,

además de sus servicios financieros.

Tiene presencia en Fuerte Mayo, Valle del

Mayo, Valle del Yaqui, Valle de Guaymas, Costa

de Hermosillo, San Luis Río Colorado y el Valle

de Mexicali.

Es la empresa líder en identificar los productos

agrícolas que demandan los mercados,

promover su producción y su eficiente comercialización.

Recibió 28 millones 974 mil pesos por apoyo

a la exportación de 54 mil toneladas de trigo

cristalino de la cosecha otoño-invierno de Baja

California y San Luis Río Colorado.

Ganadería Integral Vizur y SuKarne. Dotado

de una estructura corporativa, Grupo VIZ

opera como cabeza de las empresas Viz Pecuario

y Grupo Viz Comercial, que a su vez coordinan

las acciones de las subsidiarias Ganadera

Integral Vizur, SuKarne Producción, Ganadería

Integral SK, Ganadería Integral Monarca, Rendimientos

Proteicos y SuKarne, SA. El gobernador

de Sinaloa, Jesús Aguilar Padilla, compró

en 1997, siendo delegado de Infonavit en ese estado,

un millón de pesos en acciones del Grupo

Viz, propiedad de Jesús Vizcarra Calderón, actual

alcalde de Culiacán.

SuKarne, del Grupo Viz, ofrece en México

y Estados Unidos productos marinados o preparados.

En 2007 las ventas de la empresa fueron de

658 millones de dólares.

SuKarne tiene 15 por ciento de participación

en el mercado nacional de carnes frescas y

preparadas.

Ha crecido rápidamente: hace cinco años

contaba con 10 puntos de distribución y ahora

tiene 90; Nuevo León y Sinaloa son de los más

importantes.

Cotiza en la Bolsa Mexicana de Valores

como Grupo VIZ. En 2005 su ingreso por ventas

fue de 6 mil 414 millones de pesos; dos años

después alcanzó la cantidad de 8 mil 769 millones

de pesos.

La empresa se encarga de cada animal desde

su nacimiento hasta la comercialización del

corte, por lo que le es necesario adquirir alrededor

de 450 mil toneladas de maíz anuales para

alimentar a su ganado.

SuKarne recibió 11 millones 912 mil pesos

por apoyo directo al acceso de 37 mil toneladas

de granos forrajeros nacionales de trigo cristalino.

Por compensación de bases a pagar al comprador,

46 mil toneladas: 4 millones 714 mil

pesos.

En tanto que Grupo Vizur recibió 25 millones

956 mil pesos por apoyo a flete terrestre de

99 mil toneladas de maíz blanco.

Total de subsidios: 41 millones 583 mil pesos.

✱✱✱

Los subsidios gubernamentales a estas 10 grandes

empresas no sólo han sido cuestionados por

organizaciones campesinas: hasta el propio

Consejo Nacional Agropecuario criticó a las autoridades

federales, en un comunicado oficial,

por otorgar subsidios a la exportación de maíz

únicamente a empresas comercializadoras, sin

canalizarlos directamente a los productores, lo

que, dijo, eleva el costo de los apoyos.

En los ciclos agrícolas de 2004-2005 y

2005-2006, Sagarpa entregó subsidios por 75.5

millones de pesos solamente a tres comercializadoras:

Cargill de México, Gradesa y Comercializadora

Profesional Mexicana.

Los agricultores mexicanos tradicionales,

en cambio, bajo el esquema de agricultura por

contrato, nada más reciben un subsidio de 160

pesos por tonelada.

Pero las empresas VIP, esas exitosas agroindustrias

mexicanas y transnacionales, reciben:

Por pignoración de cosechas o financiamiento,

185 pesos por tonelada.

Por flete, 190 pesos por tonelada.

Por primas de compra, 150 pesos del 50 por

ciento, al que se le suman 100 pesos más por anticipado

por tonelada.

Total: 625 pesos de subsidios por tonelada.

En este escenario, Cargill compró casi un

millón de toneladas de los 5 millones que se

producen en Sinaloa; Maseca y Minsa también

aseguraron su abasto para la producción de los

próximos meses.

✱✱✱

Felipe Torres, investigador del Instituto de Investigaciones

Económicas de la UNAM, estima

que la volatilidad internacional de los granos

continuará en los próximos 10 años, y los ganadores

serán principalmente los brokers, las comercializadoras

y los países productores.

“Cargill, una de las comercializadoras de

alimentos más importantes en el mundo, reportó

que sus ingresos netos entre diciembre de

2007 y febrero de 2008 sumaron mil millones de

dólares; fueron 86 por ciento superiores a igual

periodo del año fiscal 2007”.

Advierte el especialista: quienes sacan el

mayor provecho de la crisis alimentaria son las

empresas dedicadas a la producción de alimentos,

pero sobre todo las grandes comercializadoras,

que especulan con los altos precios de los

granos básicos (maíz, trigo, sorgo, arroz y soya).

Estados Unidos, Argentina y Brasil concentran

71 por ciento de la exportación global

de maíz, trigo y soya, según datos del Estimado

de Abasto y Demanda Agrícola del Mundo del

Departamento de Agricultura estadunidense,

lo que los convierte en los países ganadores del

alza de precios.

REPORTAJE: MEMORIA HISTÓRICA

Aquellos niños, aquellos recuerdos

Enviados a Morelia (México) para salvarles de la Guerra Civil, se sienten por fin españoles de primera

FRANCESC RELEA 22/07/2007

 

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Salieron de España en un viaje que creían de ida y vuelta. Sus padres les aseguraron que sería cuestión de pocos meses. Pero la Guerra Civil se alargó de manera infernal hasta que los golpistas se impusieron y acabaron con el Gobierno de la República. Aquellos niños que llegaron a México en plena guerra fueron los pioneros del exilio republicano español. Son conocidos como los niños de Morelia, porque esta ciudad fue su destino final. Y ahora, se rescatan las imágenes de aquellas imágenes en la exposición Literaturas del exilio, que el presidente Rodríguez Zapatero inauguró la semana pasada en la capital mexicana.

El diario Excelsior tituló el 9 de junio de 1937 en primera página: “México recibe a sus nuevos hijos”. Dos días antes había arribado al puerto de Veracruz el vapor Mexique, de pabellón francés, con 456 niños españoles a bordo. Todos los buques atracados en la bahía hicieron sonar las sirenas. En tierra, miles de personas convocadas por organizaciones gremiales y populares dieron la bienvenida a aquellas criaturas que acababan de cruzar el Atlántico huyendo de la guerra. El viaje en tren hasta Ciudad de México fue un recorrido por un territorio amigo, que vitoreaba a los recién llegados. En la estación Colonia de la capital mexicana, los niños fueron recibidos como héroes por unas 30.000 personas. Las imágenes de la época muestran a chiquillos de rostro desconcertado, cargando sus maletines y levantando el puño ante las cámaras. Entre ellos, una niña y su muñeca en brazos de un oficial del Ejército mexicano. Es Amparo Batanero, una de las voces más infatigables del centenar de niños de Morelia que siguen con vida.

Madrileña, de 75 años y madre de seis hijos (tres vivos), llegó a México a los cinco años de edad junto a cuatro de sus cinco hermanos, de 12, 11, 9 y 7 años. Los recuerdos son difusos y se ajustan con las explicaciones de su madre. “Me contó que salió un bando de la República para sacar a niños de España y evitarles una muerte segura, sobre todo en Madrid, que estaba siendo tan castigada. Mi padre estaba en el frente y mi madre no podía con los seis hijos. Se quedó con la pequeña de tres años y nos embarcó a los demás”.

El general Lázaro Cárdenas, el presidente que nacionalizó el petróleo y realizó profundas transformaciones sociales en el México de los años treinta, ofreció acoger a 500 niños españoles y más tarde abrió las puertas a miles de refugiados republicanos que habían huido a Francia. Los requisitos eran un certificado médico y que los niños tuvieran entre 3 y 15 años. El contingente se concentró en Valencia, y procedía mayoritariamente de familias trabajadoras de esta ciudad, Barcelona, Madrid y Andalucía.

Amparo Batanero tiene grabada en la memoria una imagen en la estación de Valencia: “El tren estaba a punto de partir y mis hermanos se asomaban a la ventanilla. Mi madre me subió para darles un beso. Mi hermano mayor me cogió en brazos y ya no me dejó bajar. Me quedé llorando”.

“Al llegar a México me enteré de que algunas familias nos querían adoptar. Cárdenas lo prohibió porque creía que pronto regresaríamos a España. Cuando el tiempo se alargó, el general firmó en 1938 un decreto por el que nos nombró hijos adoptivos de México”.

Con el sucesor de Cárdenas, el general Manuel Ávila Camacho, las cosas empeoraron para los jóvenes españoles. Se cortó el presupuesto para el colegio de Morelia, donde estudiaban todavía 60 niños. Un 24 de diciembre echaron a los que quedaban, y los estudiantes de Morelia se convirtieron en niños de la calle. Amparo dejó la escuela a los 11, la mayoría no pasó de secundaria, y un grupo reducido llegó hasta la universidad.

En 1951, el padre de los Batanero viajó a México – “se moría por venir”, recuerda su hija-, y en 1960, Amparo hizo su primer viaje a España. Habían pasado 23 años. “Fue una gran decepción. Encontré mi país peor que México. Madrid estaba muy atrasada”. El reencuentro entre madre e hija fue en el aeropuerto. “Vi a una señora apoyada en una cristalera. Enseguida supe que era ella. A su lado estaba mi hermana, la niña de tres años que había visto en la estación de Valencia”. Estuvo tres meses en España sin sus cinco hijos, que dejó en México.

De sus recuerdos y nostalgias, el sentimiento más doloroso es la ausencia de la madre y no haber tenido la oportunidad de conocer de verdad a sus padres. “Un día pedí perdón a mis hijos por si no había sabido educarlos. No tuve ejemplos, ni buenos ni malos”.

Esta mujer “sin preparación académica”, según se define, ha trabajado hasta los 70. Con la ayuda de su suegra montó un negocio de venta de comida para llevar. “Nunca tuvimos ni pedimos nada. Ni siquiera teníamos papeles españoles, ni un acta de nacimiento. Hasta Zapatero, ningún Gobierno español hizo nada por nosotros. En 2005, el Congreso en pleno aprobó las pensiones para los exiliados, incluidos los niños de la guerra. Ahora ya somos ciudadanos de primera”.

Joaquim Quimet García, catalán, no duda un instante cuando se le pregunta por lo mejor y lo peor de los 70 años que lleva en México. “¿Lo mejor? Haber venido. ¿Lo peor? La muerte de mi esposa y tener un hijo discapacitado”. Y sigue: “Si nos hubiéramos quedado en España no habríamos sobrevivido. Los bombardeos eran diarios en Barcelona. Vivíamos más en el refugio que en casa. Pero no es sólo eso. Nuestras familias no tenían para comer. Por eso enviaron a los hijos más pequeños a otro lugar, donde les pudieran alimentar. Fue un sacrificio de amor enviarnos a México, para que nos pudiéramos salvar”.

Quimet no da cifras, pero entre 1936 y 1939 la guerra en España segó la vida de 130.000 niños. Llegó a México con nueve años, acompañado de su hermano de 11. Hoy tiene 79, y es viudo de mexicana y padre de seis hijos: dos abogados, dos médicos, un arquitecto y un encargado de ventas. “Pude darles estudios superiores a todos”, dice con orgullo. Pensaba que cruzar el Atlántico sería como ir de colonias, por unas semanas o unos meses. “Y resulta que tardé 26 años en volver a ver a mi madre”.

Los recuerdos de Quimet adquieren mayor claridad a partir de la llegada a México, el 7 de julio de 1937. Asegura saber de memoria los nombres de los 456 niños que viajaron a bordo del Mexique. Hablador y ocurrente, el acento catalán asoma en cada frase, a pesar de que abandonó Barcelona hace 70 años y de que asegura que pasó muchos años sin hablar catalán con nadie. Estudió cinco años en la escuela de Morelia y luego en un colegio del Distrito Federal, adonde fue trasladado. No aguantó más de un año. “Me llamaban el españolito, pinche gachupín. Teníamos pleitos cada día”.

Las condiciones escolares para los niños españoles no fueron fáciles. Algo que nunca se ha contado, explica Quimet, es que desplegaron al Ejército protegiendo las vallas que rodeaban la escuela de Morelia, “porque cada día se escapaba algún chico”. Sin embargo, hubo niños de Morelia que, sin documentación mexicana, estuvieron en la Marina y en el Ejército. “Esto quiere decir que México nos aceptó sin papel alguno”.

Joaquim García empezó a trabajar a los 13 años en la fundición de cobre de Vulcano, una fábrica fundada por exiliados republicanos, que acabó naufragando por los enfrentamientos políticos entre los trabajadores. Luego se fue a Mundet, donde conservó el empleo de conductor de camión y encargado durante 38 años, hasta 1985, año de su jubilación. Confiesa que le ha ido bien en este país, donde pudo educar a sus hijos y ahorrar para la recta final de su vida. De familia republicana, en la órbita socialista, Quimet asegura que no ha tenido actividad política ni la quiere tener, aunque conserva sus ideas “izquierdistas a lo salvaje”, según su propia definición. “Llegamos a Morelia y resulta que nuestra escuela estaba situada entre dos iglesias. Una salesiana y otra de San Juan Bautista. Las apedreamos las dos. También en Barcelona lo hice varias veces. La Iglesia estaba contra la República. Todos veníamos con el puño levantado. Lo habíamos aprendido en la casa, como republicanos”.

Cinco días secuestrada, cinco días de infierno

Categoría Crónica

Autor: Alejandro Almazán

Medio: El Universal online, Ciudad de México

Título: Cinco días secuestrada, cinco días de infierno

Esta es la crónica ganadora del Premio Nacional de Periodismo, que publicó larevista de EL UNIVERSAL del 4 de julio de 2004

Ana, nombre ficticio empleado para proteger su identidad, fue secuestrada durante cinco días, 120 horas en las que conoció de cerca una estación en la que la vida parece perder todo sentido. Hoy, meses después de que ha visto, frustrada y perpleja, cómo la negligencia, la corrupción y el desdén de las autoridades han permitido que sus plagiarios sigan libres, acepta contar en Larevista la historia de esos momentos de espanto. Este es su relato, verídico, directo, de primera mano.

1.- Tengo enfrente de mí el retrato de Mario Alberto Bayardo Hernández, el hombre que me secuestró durante cinco días. En este instante del 2 de febrero de 2004 vuelvo a mirar el rostro de quien también me violó. Del hombre que forma parte de la infame lista de los diez más buscados en México. Del hombre cuya fotografía ha sido colocada en algunos espectaculares de este Distrito Federal, el hábitat natural de Bayardo, aunque la otra mitad de su vida la divida en Tlaxcala.

Es el mismo secuestrador que ha sido llevado tres veces a las prisiones capitalinas, pero extrañamente siempre queda libre y regresa a liderar la banda que lleva su apellido. Es el sujeto que tiene negocios de lavado de autos y es dueño de microbuses en el área metropolitana, según la PGR. Es el hijo de Alberto Bayardo Rosales, y el padre de Geraldyn Alberto, detenidos por ser los plagiarios de Laura Zapata y Ernestina Sodi.

Es El loco. Así lo apodé durante mi cautiverio. Juro que es el que hace 60 días, a principios de diciembre, me apuntó con un revólver y me dijo que lo abrazara como si fuera su novia.

Era de noche. Yo estaba a media cuadra de la casa de Marcelo Ebrard, el jefe de la policía capitalina que se jacta de que en su colonia, la Del Valle, no hay secuestros. ¡Ah! Es él. ¿Cómo diablos olvidas al cabrón insano que, al final, prometió buscarme para ver si, de casualidad, me enamoraba de él?

Y la foto que miro es reciente. Se la tomaron el 13 de noviembre de 2003, cuando la PGR anunció que había detenido al azote del sur de la ciudad. Sonará insólito, pero veinte días después ya estaba libre… secuestrándome.

Es él: su barba de candado que me restregó en el pecho; su clara piel que tanto deseaba que yo observara cuando me violó; sus ojos verdes que te asustan; y su ancho cuello que me obligó a acariciar.

Seguramente la playera amarilla que viste en el retrato tamaño infantil huele a suavizante de telas, su irremplazable aroma que aún tengo pegado a la nariz. Y aunque sus gordas manos no se aprecian, quizá traía ese carísimo reloj Audemars Piguet que alcancé a mirar, ya en la parte posterior del auto en el que me trasladaron a una casa de seguridad. Una casa que era el infierno.

Es él. El primer y último rostro que miré, porque entonces me colocaron parches sobre los ojos.

***

Aquella noche del 2 de febrero Ana telefoneó al policía judicial que le asignó la procuraduría capitalina y que ella llama Pejota. Aturdida, le contó lo de la foto de Bayardo. Le dijo que era el mismo que ella había descrito en el retrato hablado.

El Pejota le comentó con su desenfado de siempre: “¿A poco todavía no te das por vencida?”.

Semanas después, cuando un conocido le llamaría para decirle que en ese momento su secuestrador estaba en una plaza de toros, Ana recurriría a las autoridades federales, a la Agencia Federal de Investigación, en particular, que por esos días alardeaba de estar desmembrando bandas de secuestradores. Pero al final, terminaría hundida en la frustración.

***

2.- Desde antes de salir de aquella venta nocturna del Palacio de Hierro en Santa Fe, le dije a mi prima (que entonces iba a la mitad de un embarazo) que me sentía angustiada. Ella lo atribuiría a que tardamos casi diez minutos en encontrar en el estacionamiento el Clío negro, propiedad de la compañía en la que yo trabajaba.

Pero aquella ansiedad no me abandonó. Osciló. Bajó cuando dejé a mi prima en su casa, allá en Polanco, y un vigilante me deseó suerte.

Creció cuando estacioné el Clío, justo en la esquina de la calle donde vive Marcelo Ebrad. Bajé con mis bolsas del Palacio de Hierro. Abrí la reja de mi casa. Y miré la hora por última vez: las 10:45. Entonces, atrás de mí se escuchó un ruido tremendo, como si hubiera entrado un ventarrón.

3.-Eran dos tipos. Vestían trajes impecables, con mocasines. Sólo uno se agachaba y se cubría con una gorra que no cuadraba con su ropa.

Entonces el del traje gris, el de la barba de candado, el que apodé El Loco, el que ahora sé es Bayardo, sacó un revólver y, educadamente me dijo con su vozarrón que me volteara, que a partir de ese momento debía cerrar los ojos.

Dejé de verlo hasta que me arrancó las bolsas, me pidió el celular que me acababa de enviar un amigo de Europa y me colocó sobre los ojos la gorra de su acompañante. Durante los cinco días que duraría mi cautiverio no volvería a ver el rostro de nadie.

Me tumbaron en la parte posterior del auto. Reconocí que era el Clío por mis olores. El Loco recargó su codo y brazo sobre mis ojos y se acomodó en el asiento con los pies apoyados en mí. Me dejó en una posición tan incómoda que no podía respirar. Y yo sintiendo que el corazón se me salía.

El Loco trató de calmarme: “No te preocupes, tú eres una dama y nosotros unos caballeros, no te va a pasar nada”.

Le dije que se llevara todo, pero que me dejara ir, que toda mi riqueza estaba en mi bolso: tarjetas de crédito boletinadas por tantas deudas. “Nosotros no somos pinches raterillos y ya cállate”.

Y entonces sentí que algo se cerraba en mi espalda. Muchos pensamientos se desbocaron en mi cabeza: ¿me están confundiendo?, ¿así son los secuestros exprés?, ¿harían conmigo una snuff movie o sólo es una violación?

Salí de mis cavilaciones cuando El Loco empezó a acribillarme con preguntas: que si la mujer que había dejado en Polanco era mi hermana, que si no me había fijado que me perseguían desde Santa Fe, que dónde trabajaba, que si el carro era mío, y que qué inconciencia la mía de andar tan tarde en la calle…

Para cuando me pasaron a otro auto, un Jetta rojo, supe lo que es que los músculos ya no te obedezcan, que ni siquiera tengas fuerza para lanzar un grito; que tu cuerpo, desde ese momento, ya no te pertenece. Que has perdido la capacidad de oler y escuchar. ¿Ver? Jamás, los parches elaborados con gasa te clausuran los párpados. Eso sí, el aire frío fue la única realidad palpable.

Calculo que el traslado a la casa de seguridad habrá durado un par de horas. Casi todo fue en línea recta. Cuando nos estacionamos, El Loco me envolvió y alguien me cargó, pero me resbalé de sus brazos y mi cintura dio directo al filo de la baqueta. Escuché el vozarrón de El Loco reprobándolo y gritándole que tuviera mucho cuidado conmigo, pues me había convertido desde ya en la mujer de sus sueños.

Me llevaron a un cuarto, me aventaron en un colchón, me cambiaron los parches de los ojos por unos más grotescos y entonces llegó un hombre que dijo ser médico. Me obligó a desvestirme y, mientras hacía un registro minucioso de cada cicatriz en mi cuerpo, me dijo que sólo buscaba si no traía “un arroz”, un chip localizador. Luego me habrán pasado un escáner, que sonó en mi tobillo y se enojaron.

“¡Sí trae arroz, sí trae!” y alguien cortó cartucho. Pero el doctor lo detuvo: se dio cuenta que era un viejo clavo que une mis huesos desde la adolescencia.

Cuando terminó la revisión, El Loco me dijo dos cosas: Una: “Estas son la reglas: Si te pones loca, te madreamos. Si tratas de huir, te matamos. Si te quitas los parches, te matamos. Si te portas bien, verás que esto nunca ocurrió”.

Y dos: “Ya hablamos con tu papá, mi amor. Que regreses a casa depende de él. Porque, bueno, no te he dicho, pero estás secuestrada”.

Entonces me enrosqué en el colchón y tomé la cobija como si fuera un estúpido escudo. Ese fue mi pequeño mundo en cinco días.

***

El primero de la familia que se enteró del secuestro fue el padre de Ana, un profesor. Eran las tres y cuarto de la mañana cuando sonó el teléfono. El Loco fue breve: le exigió un millón de pesos de rescate y se disculpó de que le estuviera pidiendo dinero y no la mano de su hija.

También le dio instrucciones de dónde recoger el Clío negro y le advirtió que se lo devolvía a cambio de que la empresa donde trabaja Ana no levantara denuncia alguna.

El profesor se comunicó con algunos jefes de la policía que fueron sus vecinos. Y ellos mismos le recomendaron que no denunciara, que era mejor juntar la mayor plata posible -que no llegaría a más de 50 mil pesos-. Sería hasta el sábado cuando el secuestrador volvería a telefonear.

***

4.-Chavo, al que fue asignado mi cuidado, me contó por qué la casualidad me condenó al secuestro: iban por otros jóvenes, pero no pudieron alcanzarlos. Y estaban tan frustrados que de pronto apareció el Clío negro con una mujer a bordo. Chavo terminó compartiendo la soledad de mi encierro.

5.- La primera noche fue de insomnio.

Te sientes cómo te invade un vacío inconmensurable. Estás en el desamparo total.

6.-Chavo no pasaba de los 18 años. Y se identificó conmigo por una simple razón: él era adicto a la cocaína y yo había trabajado en una clínica de adicciones. Eso me funcionaría durante el cautiverio: gracias a la confianza que le inspiré, se abstuvo de aturdirme con tranquilizantes.

Y poco a poco fueron regresando mis sentidos. Agucé el oído lo más que pude para escuchar mi entorno: oía los rugidos de los autos o los rumores de tráilers, y me imaginaba que estaba a orilla de una carretera. Oía los programas de la televisión, y me ayudaba a calcular las horas.

Pero también escuché otras cosas.

Como una radio de banda que soltaba claves como “R10″, “R30″, o “un 24 en la 12″. Luego me enteraría que son contraseñas de la policía.

O como aquellos gritos de adolescentes que duraron toda esa noche y que Chavo me explicó el por qué: “Son dos morritas que traían un Jaguar. Ahorita están gritando porque las están violando. Pero no te angusties, le gustas al jefe y nadie te va a hacer daño. Salvo él, si se pone loco”.

Cada vez que fui al baño escuché llantos y los televisores o radios encendidos. Me imaginé los infiernos de cada uno. Chavo me dijo aquella noche que tenían “casa llena” de “visitas”, como nombran a los secuestrados.

7.-A la mañana siguiente, se escucharon helicópteros. Chavo me pegó una pistola en la cabeza y me dijo que, si era la policía, tendría que matarme, pues era mejor que lo condenaran a diez años por homicidio que a 40 por secuestro.

Los helicópteros se fueron. Chavo me pidió una disculpa y luego me dejó tocar la cacha de su pistola: ahí tenía grabada la imagen de San Judas Tadeo.

8.-Hablamos Chavo y yo de muchas cosas el día dos de cautiverio:

Que él ya tenía tiempo en este negocio. Que ganaba bien. Que compraban las revistas Caras, Quién y los suplementos donde los ricos son fotografiados en toda su altivez, para aprenderse bien los rostros de a quién van a secuestrar, pues ellos sólo raptan a gente adinerada.

Que, claro, también son matones. Que las banditas que han surgido son unos improvisados y ponen en riesgo el negocio, y que de ahí que ellos delaten a esos espontáneos con la policía. Que buena parte de los jefes policiacos en el centro del país son sus protectores. Que cuando los detienen deben tener lista una millonada para ofrecérsela al juez. Que ellos sólo plagian a mujeres y a jóvenes, sobre todo en antros como El Alebrije o el Palmas 500…

“A los viejos con dinero, los dejan morir sus hijos. Y las esposas, rencorosas, terminan por darnos las gracias”, me explicó.

Todavía lo escucho contándome una insalubre historia:

“Nos comunicamos con la esposa de un secuestrado y nos dijo que ojalá lo matáramos. La verdad nos dolió decirle al señor y hasta nos pusimos a sus órdenes por si quería que le echáramos bala a la pinche vieja desgraciada. Un compadre de él fue quien pagó el rescate. A la semana siguiente, leímos en el periódico lo de un asesinato de una mujer. Era la esposa. Ese güey la mató. ¿Imagínate al pinche loco que teníamos aquí? Por eso nos vamos con las morritas y los chavos, porque se ponen pedos, nos facilitan las cosas y por ellos sí pagan”.

9.- Otra noche de insomnio y de espanto: otros de la banda, inestables y brutales, empezaron a golpear a un joven; escuché su llanto. En eso entró Chavo muy agitado y me dijo que me pusiera a rezar con él, porque sus compañeros estaban drogados y ya habían matado a un secuestrado.

Dejé de rezar después de varias horas cuando escuché a El Loco: “¿Buenos días, mi amor, qué quieres de desayunar?”.

El desayuno fue una violación.

10.-El sábado llegó El Loco azotando la puerta y con un rostro enloquecido me dijo: “Tu papá no aguantó la negociación, le dio un infarto. ¿Ya ves? Dios quiere que te quedes conmigo”.

* * *

Aquello era mentira. El padre de Ana estaba a esas horas esperando la prueba de vida para entregar el dinero allá por las Pirámides de Teotihuacan.

Ana terminó rota. Desconsolada, le pidió a El Loco que por favor la matara. El secuestrador se enfureció y le soltó: “¿Estás enferma, estúpida? Te puedo matar, pero te quiero mucho”.

Hasta en la noche, Chavo le dijo a Ana que su padre estaba sano, que lo único que buscaba El Loco era verla humillada.

Y aunque el padre de Ana entregó el rescate, después de tantas indicaciones, su hija no llegó a casa.

* * *

11.- El domingo me quedé sola. Y al menos cuatro veces entró alguien distinto a mi cuarto, me pidieron que contara hasta diez y luego jalaban el gatillo. Terminaban riéndose.

Chavo no llegó hasta que empezó la final de Big Brother y lo maldije. Se disculpó diciéndome que había ido a visitar a su mamá.

Le conté que habían jugado a asesinarme.

“¿Si te ayudo a escapar me sacas del país?”, me diría luego Chavo, muy nervioso. Al escucharlo, lo único que sentí en ese momento fue que ya estaba decidido: me iban a matar.

12.- Cuando Omar Chaparro fue declarado el ganador de Big Brother, apareció El Loco y soltó: “¡Te vas, mi amor!”. Y ordenó a Chavo que me peinara y me limpiara con alcohol. Ahí, Chavo se me acercó al oído y me pidió esto: “Dime que Dios me bendiga, por favor. Dímelo”. Se lo dije.

Lo último que escuché de Chavo fue que no me confiara, que todo podía ocurrir.

Habré caminado unos 15 pasos, sujetada a las mano de Chavo, cuando sentí el frío y la voz de El Loco: “Vas a abrazarme como si fuera tu novio, ¿eh? No vayas a hacer ninguna pendejada, mi amor”.

Me subieron a una camioneta y en todo el trayecto, yo acostada, El Loco me manoseó y me dijo que yo le había traído paz a su vida y que estaba dispuesto a dejar “este trabajo” para casarse conmigo. “Te voy a buscar, mi amor”.

13.-El Loco me ordenó bajar y contar hasta 120 antes de quitarme los parches en los ojos. Que entonces caminara hacia mi lado izquierdo hasta encontrar un módulo de policía, donde pediría un taxi con el billete que me enroscó en la mano. Y me dio un beso el cabrón.

No lo creí. Yo tenía en la cabeza la imagen de El Loco dándome el tiro de gracia. Estaba tiritando. Me sentía en un precipicio. Tenía la boca reseca.

No escuché cuando la camioneta arrancó. Y ni siquiera podía contar. Pero lo que me trajo a la realidad fue el grito lejano de una señora: “¡Ya apaga la tele, pinche güevón!”.

Me arranqué los parches y apenas pude enfocar que estaba en una unidad habitacional. Corrí a buscar el módulo. Y, al llegar, el policía me miró con una expresión de sospecha muy comprensible: eran las tres de la mañana, y yo estaba sucia, maloliente y preguntándole dónde carajos estaba. “En Villa Coapa”, me dijo y me ayudó a tomar un taxi en la Calzada de las Bombas.

Sólo hasta que entré al taxi me vi al espejo y no era yo: tenía cinta adhesiva por todo el rostro, los ojos estaban morados, no tenía color.

El taxista pensaba que me había golpeado mi pareja hasta que se dio cuenta que una camioneta nos seguía. Le tuve que decir que había sido secuestrada y que esos de la camioneta eran los que me habían liberado.

* * * Después de unos kilómetros de paranoia, el taxista dejó a Ana en casa. La camioneta se estacionaría casi enfrente de ella. Seguramente la vieron cómo Ana saltó al cuello a toda su familia y cómo la abrazó intensa y mudamente.

* * *

14.-Empecé a parchar mi vida.

Acudí a denunciar ante un ministerio público sin alma. Me hice carísimos análisis del VIH. Me topé con que en mi empresa mi jefa les contó a todos mi tragedia y me trataron con lástima; terminaron por despedirme. Mis amigos se alejaron. A mi padre le cayeron 20 años encima. A mis hermanas las condené a la demencia. Me quedé más pobre de lo acostumbrado.

Por fortuna me encontré con el Centro de Apoyo Sociojurídico a Víctimas del Delito Violento, de la procuraduría capitalina. Ahí me ofrecieron terapia sin ningún costo.

15.- Diez días después de que observé el retrato de Bayardo en la televisión y que no obtuve respuesta de mi Pejota, los diarios destacaron una noticia: un empresario había sido secuestrado en la colonia Del Valle, pero logró saltar de la Windstar donde lo trasladaban. La policía intervino y detuvo a los raptores; dos de ellos resultaron heridos.

Una de las fotografías que publicaron me cimbró: entre lo decomisado a la banda estaba una pistola cuya cacha tenía a San Judas Tadeo y un celular igual al mío, un modelo que no hay en México.

Los tenían en la delegación Gustavo A. Madero y fui para allá. Un comandante escuchó mi historia sin oírme. Le pedí verlos para intentar reconocerlos. Pero me trató con desprecio y me echó.

Por la tarde logré contactar al empresario que había librado el secuestro y me dijo que acababa de ir a denunciar. Pero que ya habían sido puestos en libertad “por falta de parte acusadora”.

16.-En internet logré conseguir algunos datos de Bayardo:

Una entrevista de López Dóriga con José Espina, presidente del Consejo Ciudadano, donde éste decía que Bayardo era protegido en Tlaxcala por funcionarios de allá.

Unas columnas de diarios tlaxcaltecas donde lo ligaban familiarmente con el subprocurador de justicia Edgar Bayardo.

Denuncias en contra de magistrados del Primer Tribunal Colegiado del Primer Circuito en Materia Penal, pues ellos liberaron a Bayardo en sus dos primeros arrestos de 1990 y 1999. Se dice que recibieron varios millones de pesos.

Le proporcioné esta información a mi Pejota y es hora que no se ha comunicado conmigo.

17.- Un domingo me llamó una amiga y me dijo: “El tal Bayardo está ahorita en la plaza de toros de Tlaxcala”.

Telefonee al número de la AFI donde reciben denuncias ciudadanas y me contestó una vieja pendeja:

-¿Bayardo? Y ése quién es, señorita.

Después de explicarle y darle señas, me dijo: “¿En una plaza de toros. No, señorita, ¿se imagina el gentío? Sígalo y llámenos luego”.

18.- Ahora, frustrada, estoy aquí contándoles la bitácora de mi cautiverio.

El guardaespaldas de la URSS… en México

Pascal Beltrán del Río

Oleg Nechiporenko se incorporó al “Servicio” —como él llama a la KGB, la ex agencia de espionaje soviética— en 1958. Tenía una preparación formal en idiomas extranjeros, dominaba el español y era autodidacta en labores de espionaje.

Una de sus primeras órdenes fue cuidar al asesino de León Trotsky, Ramón Mercader, quien acababa de llegar a Moscú luego de pasar 20 años en la penitenciaría de Lecumberri, en el Distrito Federal. “Me dio la impresión de que Mercader vivía en dos mundos paralelos”, relata. “Físicamente estaba en el presente, pero sus pensamientos estaban en el pasado”.

Nechiporenko llegó a México en 1961. Era su tercera misión al extranjero y la primera de largo plazo. Lejos de haber sido planeada, dice, fue producto de la casualidad. “Yo estaba trabajando en el Departamento de Estados Unidos y estaban a punto de mandarme a la rezidentura en Nueva York. Sin embargo, sucedió que uno de los oficiales que estaba en México tenía que regresar y me pidieron que lo reemplazara”.

—¿Se decepcionó por el cambio de destino?

—De ninguna manera. Yo siempre sentí inclinación por trabajar con los latinos. Mis jefes me habían prometido que volvería al Departamento (de EU) a mi regreso de México, en 1965, pero después los movieron a todos. Así que en 1967, otra vez estaba en México.

Pese a ser considerado uno de los más intrépidos y avezados oficiales de contrainteligencia que tuvo la KGB, Nechiporenko no se toma demasiado en serio. Al presentarse, extiende una tarjeta con el logotipo de la corporación a la que perteneció —caracterizada por una espada y un escudo— y un texto que simplemente dice así: “Oleg M. Nechiporenko/Coronel, retirado/Conspirólogo/Ex espía”.

Entre las anécdotas que le gusta contar de su estancia en México está la del día en que se sentó en la silla del embajador de Estados Unidos. Invitado a la inauguración de la sede diplomática en Paseo de la Reforma, Nechiporenko se coló en un grupo de congresistas estadunidenses a quienes se haría conocer los pisos superiores del edificio mientras el resto de los convidados permanecía en el coctel en la planta baja.

La del embajador, cuenta, “era una oficina en una esquina, en el quinto piso, ni muy grande ni muy chica. Me acerqué al escritorio, lo rodeé, pero no pude negarme el placer de sentarme en la silla giratoria y hasta dar vueltas en ella… Como ve, la realidad siempre es más rica que la ficción”.

Y este hombre, de 75 años, ríe como un niño.

Con algunos de sus antiguos rivales ha llevado una relación cordial. Relata que una vez recibió una carta de Joseph B. Smith, el oficial de la CIA que relató en un libro cómo lo habían quemado.

“Nos pusimos de acuerdo para vernos en Washington. Estando allá quedamos de escribir juntos un texto para la revista de The New York Times, contando nuestra experiencia en México, cada quien desde su punto de vista”, narra Nechiporenko. “Lamentablemente, el proyecto no se pudo llevar a cabo porque él murió poco después”.

—Dígame la principal diferencia entre la CIA y la KGB.

—Las dos estaban sumamente burocratizadas. Quizá la diferencia es que las estaciones de la CIA tenían mucha más autonomía que las de la KGB. A ellos les fijaban algunas directrices y las cumplían a su manera. Nosotros teníamos que consultar todo.

Durante la caminata por la calle Lubyanka, nos detenemos en el restaurante Shchit i Miech (escudo y espada, en ruso), propiedad de un empresario armenio. Se trata de un negocio temático. Está adornado con uniformes, medallas y otros objetos de la KGB. El lugar vende comida, pero también nostalgia. En el piso superior, donde hay salones privados, un cuadro cuelga de la pared: un retrato al óleo de Vladimir Putin, vestido de judoka. El presidente ruso fue miembro de la KGB y estuvo comisionado en la República Democrática Alemana de 1985 a 1990, donde reclutaba y preparaba a agentes para espiar en Occidente.

“El viernes 27 de septiembre de 1963, aproximadamente a la una de la tarde, me llamó Valery Kóstikov (funcionario del departamento consular de la embajada soviética en México), quien se encontraba de guardia, y después de informarme que había un norteamericano solicitando una visa a la URSS, me pidió que viniera a ver de qué se trataba porque, como él se expresó, ‘parece que tiene que ver con tu trabajo’”.

Así comienza la narración sobre la sorpresiva visita de Lee Harvey Oswald, en el libro Passport to Assassination, escrito por Nechiporenko. La obra lleva tres ediciones (agotadas) en ruso, y se editó en inglés en 1993, con motivo del trigésimo aniversario del magnicidio de John F. Kennedy. La traducción española aparecerá próximamente.

En más de 300 páginas, Nechiporenko lleva al lector en un recorrido por los escenarios de la Guerra Fría y ofrece algunos pasajes de su propia experiencia como oficial de contrainteligencia en México. Fue uno de los primeros libros escritos por ex oficiales de la KGB.

Está dedicado, sobre todo, a los hechos que rodearon el asesinato del presidente Kennedy y su personaje central es Oswald. El autor consultó los archivos de inteligencia y entrevistó a ex funcionarios del organismo para reconstruir los pasos de Oswald por la Unión Soviética, país donde vivió entre octubre de 1959 y agosto de 1962.

Tras comparar esa información con la de la Comisión Warren y otras investigaciones, Nechiporenko llega a la conclusión de que lo más probable es que Oswald haya actuado solo en el asesinato de Kennedy.

Obviamente, el libro no es el favorito de los partidarios de las teorías de la conspiración. Su publicación incluso le valió la crítica soterrada de algunos oficiales retirados de la KGB, quienes chismearon que su colega escribió el libro para exonerar a la CIA.

Aquel día de septiembre de 1963, Oswald estaba sumamente intranquilo. Hablando en ruso, explicó a Nechiporenko que había vivido en la URSS, que allá se había casado con la ciudadana soviética Marina Prusakova, que había vuelto a Estados Unidos y que el FBI le estaba haciendo la vida imposible. Decía que quería regresar a la URSS, pero que el consulado soviético en Washington se había negado a ayudarlo.

Nechiporenko le explicó que, por norma, siendo ciudadano estadunidense, debía hacer los trámites desde su país. Aun así, le ofreció las formas que debía llenar para emigrar a la URSS, pero le advirtió que dichos papeles serían enviados a Moscú y que la respuesta, que podría demorarse hasta cuatro meses, llegaría a su domicilio en Estados Unidos.

Molesto por la respuesta, en estado de gran agitación, Oswald se acercó a Nechiporenko y le gritó a la cara: “¡Eso no me basta, no es lo que yo necesito! ¡Para mí esto va a terminar en una tragedia!”.

Nechiporenko creyó que se había deshecho del hombre. No era el primer estadunidense que tocaba la puerta de la embajada; ahí llegaban desde los aparentemente lunáticos hasta quienes ofrecían “fragmentos de información de inteligencia”. Sin embargo, Oswald volvió al día siguiente, sábado, cuando el personal se preparaba para jugar volibol.

Esa vez fue recibido por Valery Kóstikov y Pável Yátskov, dos miembros de la rezidentura quienes oficialmente eran funcionarios del consulado. Oswald se veía nervioso y desaliñado. Repitió lo dicho la víspera a Nechiporenko, aunque agregó que temía que el FBI lo mandara matar. Rogó que le dieran la visa y se soltó llorando. Luego, dijo que en México también se sentía perseguido, y sacó un revólver de la bolsa izquierda de su saco. “¡Vean lo que tengo que cargar para proteger mi vida!”, gritó, y puso la pistola sobre el escritorio.

Yátskov tomó el arma y vació la recámara. Nechiporenko, quien se había retrasado, escuchó la discusión y entró en la oficina. En ese momento, Kóstikov reiteraba la posición del consulado. Ante la nueva negativa, Oswald pidió a los soviéticos que le ayudaran a tramitar una visa para viajar a Cuba, pero éstos le respondieron que esa decisión correspondía únicamente a los cubanos. Antes de irse, el ex infante de Marina estadunidense soltó una amenaza: “Si no me dejan vivir tranquilo (en Estados Unidos), voy a tener que defenderme”.

Frases como ésa tomaron otro valor casi dos meses después. El 22 de noviembre de 1963, Kennedy era asesinado en Dallas, Texas. Al conocerse la noticia, y al dar la vuelta al mundo las imágenes, los recuerdos de esas dos visitas de Lee Harvey Oswald retumbarían en la cabeza de Nechiporenko.

Ese día, una mujer se paró frente a la embajada y, mientras sacudía los barrotes de la reja, no cesaba de gritar, entre sollozos: “¡Lo mataron, mataron al presidente de Estados Unidos, mataron a Kennedy!”. Al día siguiente, se pudo ver por primera vez por televisión al presunto asesino. “Soy inocente”, alegaba ante los micrófonos. “Yo no maté a nadie”.

La prensa estadunidense supo pronto que Oswald había estado en la embajada soviética en México. La CIA había grabado una conversación telefónica entre el cónsul cubano Eusebio Azcué y Pável Yátskov, en la que el primero informó que Oswald había estado en el consulado de Cuba y que se le había negado la visa que solicitaba.

En los días siguientes al magnicidio, las cosas se pusieron tensas en la rezidentura, recuerda Nechiporenko. “Preguntamos a Moscú qué hacer. Nos dijeron que nos tranquilizáramos. Felizmente, unos días después, el Centro nos informó que la KGB nunca se involucró con Oswald”.

Cuarenta y cuatro años después de los hechos, Nechiporenko se alegra de que él y sus colegas hayan informado “al Centro”, oportunamente y con todo detalle, de las visitas de Oswald. “Sólo eso nos salvó de ser considerados como cómplices de un magnicidio”.

La primera vez que Oleg Nechiporenko recuerda haber estado con Miguel Nazar Haro —que llegó a ser director de la hoy desaparecida Dirección Federal de Seguridad (DFS)— fue durante la visita a México de Yuri Gagarin.

La llegada del cosmonauta soviético al aeropuerto Benito Juárez, el 11 de octubre de 1963, causó una conmoción. La expectativa de ver al primer hombre en el espacio, quien llegaba acompañado de la primera cosmonauta, Valentina Tereshkova, rebasó todas las previsiones de seguridad. Para cumplir con su encomienda, Nechiporenko recibió el apoyo de dos agentes de la DFS, entre ellos el de un joven de apellido Nazar.

Los encuentros con éste se fueron volviendo recurrentes. Nechiporenko relata que, durante los primeros meses de su estancia en México, iba con frecuencia al aeropuerto, a recibir la valija diplomática. También le tocaba viajar a Cuba, y le llamaba la atención que los pasajeros con destino a La Habana fueran fotografiados. Esas fotos, asegura, eran después entregadas por la DFS a la estación de la CIA.

—¿Le tomaban fotos a usted también? –le pregunto.

—Al principio, sí. Pero dejaron de hacerlo, porque ya tenían muchas —y suelta una carcajada.

En una ocasión que llegó la valija diplomática, soviéticos y mexicanos tuvieron una discusión sobre un maletín que portaba uno de los correos. Los mexicanos exigían ver el contenido y los soviéticos se negaban a abrir el portafolios. “Al final, acordamos abrirlo, pero sin dejarles tocar lo que había dentro de él”.

La relación con la DFS se fue volviendo difícil con el paso del tiempo, afirma Nechiporenko. El ex oficial de la KGB veía la mano del servicio secreto mexicano detrás de muchos de los intentos de reclutamiento de ciudadanos soviéticos por parte de la CIA.

“Al principio me llevé muy bien con Nazar, hasta nos tomábamos tragos juntos. Pero con el tiempo supe que él estaba vendido a la CIA. Hacía los trabajos que le pedían los gringos, como conseguir gente para sus operaciones de deep cover (infiltración). También sabíamos que la vigilancia móvil de nuestras actividades la hacía la DFS”.

—¿Nazar tuvo que ver con la deserción de Raya Kiselnikova?

—Fue el encargado de su estancia, eso le puedo decir.

—En la conferencia de prensa del 4 de marzo de 1970, ella acusó a la KGB de estar detrás de las protestas estudiantiles de 1968. Hay gente en México que sigue pensando eso…

—La verdad es un mito. Moscú tenía una visión muy negativa de los propósitos y la conducción del movimiento estudiantil. El ambiente en que se desarrolló estaba embebido en una multiplicación de las tendencias de izquierda, muchas de las cuales se alejaban de nuestra visión del socialismo. Había ideas maoístas, castristas, eurocomunistas, anarquistas, incluso de lucha armada. Además, había habido protestas estudiantiles en Francia y otros países. Por eso, porque se le sentía como algo ajeno y negativo, recibimos instrucciones precisas de no involucrarnos.

—¿Qué tan seguido informaba a Moscú de la situación?

—Casi todos los días. No hay que olvidar que venían los Juegos Olímpicos, y nosotros esperábamos una gran delegación de deportistas, funcionarios y turistas. Para nosotros, la prioridad era la seguridad de nuestra delegación. No queríamos estar metidos en nada más.

—¿Cómo vivió el 2 de octubre, coronel?

—En esos días yo estuve en la rezidentura. Déjeme decirle que los Juegos estuvieron a punto de cancelarse después de los hechos de Tlatelolco. Había mucha indignación entre los periodistas y los deportistas. Había quienes pensaban retirarse. Creo que el apoyo que dio el jefe de nuestra delegación fue fundamental para que los Juegos se celebraran.

Después de la conferencia de prensa de Raya, que fue ampliamente comentada en los medios, Nechiporenko volvió a su trabajo. Unas semanas después se inauguraría el Mundial de Futbol en México y él tenía la responsabilidad de cuidar la seguridad del equipo soviético.

La selección se hospedó en un hotel de Insurgentes, cerca del Polifórum, que aún estaba en construcción. “Siqueiros accedió a dar una explicación a los futbolistas, y a mí me tocó traducir”.

En diciembre de 1970, Nechiporenko regresó a Moscú para pasar una temporada. Ahí pidió a sus jefes que lo sacaran de México, pues “las cosas estaban muy calientes allá”. Sin embargo, le dijeron que fuera preparando a uno de sus asistentes para tomar su lugar en un futuro cercano. “Regresé, decidido a hacer justamente eso, pero no dio tiempo…”

Como parte de su trabajo de contrainteligencia, Nechiporenko solía viajar a las comunidades de emigrados estadunidenses, como San Miguel de Allende, Valle de Bravo, Cuernavaca y la presa Endhó, antes de que ésta se convirtiera en la cloaca más grande del mundo.

Uno de sus objetivos de reclutamiento y una fuente de información eran los estudiantes extranjeros de la Escuela de Verano de Lini de Vries, una exiliada estadunidense, a quien también monitoreaba la CIA.

En marzo de 1971 se encontraba en uno de esos viajes, en Cuernavaca, cuando dice que se enteró por la prensa de la detención de una veintena de guerrilleros, miembros del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), algunos de los cuales acababan de regresar de Corea del Norte, donde habían recibido entrenamiento militar.

Los miembros originales del MAR, como Fabricio Gómez Souza, habían estudiado en la Universidad de los Pueblos “Patricio Lumumba”, en Moscú, luego de recibir una invitación del Instituto de Relaciones Culturales México-URSS. Las visas de los estudiantes habían sido firmadas por Nechiporenko, en su calidad de representante consular.

Cuando la policía dio con los integrantes del MAR —quienes cometieron el error de rentar una casa en Xalapa, Veracruz, a un ex policía judicial—, la organización celebraba negociaciones de fusión con un remanente de la guerrilla chihuahuense que atacó el cuartel de Madera en 1965, llamado Movimiento 23 de Septiembre. Por eso, entre los detenidos había miembros de las dos organizaciones armadas.

La reacción del gobierno del presidente Luis Echeverría fue declarar personas non gratas a cinco diplomáticos soviéticos, entre ellos el encargado de negocios de la legación, Dmitri Diákonov. Los periódicos se llenaron de desplegados felicitando al presidente por su acción.

En ausencia del embajador Igor Kolosovsky, quien se encontraba de vacaciones en la URSS, Diákonov acudió a la Cancillería, donde el secretario Emilio O. Rabasa le informó de la expulsión de Boris Kolomiakov, el primer secretario, pero también jefe de la rezidentura de la KGB; Boris Voskovoinikov, segundo secretario y titular del Instituto de Relaciones Culturales; Aleksandr Bolshakov, responsable de intercambios tecnológicos y científicos, y Oleg Nechiporenko, además de Diákonov.

La expulsión de los cuatro primeros se llevó a cabo el 21 de marzo de 1971. Ese día, a las 4 de la tarde, salieron en un vuelo de la aerolínea belga Sabena hacia Bruselas, y de ahí a Moscú. Diákonov viajó al día siguiente. “Él era un ideólogo del Partido (Comunista) que no tenía nada que ver con labores de inteligencia y de esa manera quiso desmarcarse de los demás”, explica Nechiporenko.

—¿Cómo lo trataron a su regreso?

—Muy bien, incluso me dieron un ascenso poco tiempo después. Se entendió que esto no había sido culpa nuestra.

—¿En verdad no estuvo involucrada la URSS en el entrenamiento del MAR en Corea del Norte? Los estudiantes estuvieron en la “Lumumba” y pasaron por Moscú con pasaportes coreanos falsos…

—En la rezidentura no lo supimos. En Moscú quizá conocieron los movimientos de estos jóvenes, pero yo no he encontrado ninguna referencia de ello en los archivos que he revisado. Además, la URSS no comulgaba con este tipo de movimientos armados ni con su ideología. Esto se parece más a algo que hubieran planeado los chinos. Finalmente, ellos tenían una relación más cercana con Corea del Norte que nosotros.

Y agrega: “Recuerde que Echeverría estuvo de visita en Moscú unos meses después de nuestra expulsión. Ahí le dijo al gobierno soviético que no tenía nada contra nosotros y que podíamos volver a México cuando quisiéramos. Años después, Boris Kolomiakov quiso probar si eso era cierto. Tenía que viajar a Sudamérica y decidió pasar por México. Pidió la visa y, efectivamente, se la dieron”.

En 1974, el periodista John Barron publicó su libro El trabajo secreto de los agentes secretos soviéticos, en el que atribuye a la KGB y a Nechiporenko la creación del MAR. Respetado por unos, el trabajo de Barron también ha sido señalado como material de propaganda de la CIA. En su libro, John B. Smith afirma que la agencia estadunidense proporcionó a Barron material para su obra.

Convertido en especialista sobre grupos terroristas y crimen organizado —temas sobre los que es entrevistado con frecuencia en medios de muchos países y sobre los que dicta conferencias—, Nechiporenko dice que a consecuencia del “golpe final” que le dio la CIA en 1971, ya no pudo tener misiones de largo plazo.

Aun así, fue enviado a Vietnam durante la guerra en ese país y una vez participó en el interrogatorio de un agente de la CIA capturado por los vietnamitas. Años más tarde, ayudó a los sandinistas a formar sus servicios especiales. Durante esas misiones, a menudo viajaba disfrazado y con pasaporte falso, “para despistar al enemigo”.

—¿Ha vuelto a México?

—Nunca, pero me encantaría hacerlo. Como dije al pie de la escalerilla del avión que me sacó del país: como México no hay dos.

Por ahora, Nechiporenko dice que comienza a sentirse como en el México en los años sesenta. Y es que, en el actual proceso de sucesión del presidente Putin, apunta, “Rusia ha comenzado a desarrollar esa fascinante tradición política priista: el tapadismo”.

UN BUCHÓN NO SE RETIRA SOLO HACE PAUSAS

(Alejandro Almazán. Periodista)

I. Culiacán, Sinaloa— En uno de sus tres celulares, el Nokia Palm 650, colocó como protector de pantalla una foto suya en la que, en medio de un sembradío de amapola, aparece sujetando un cuerno de chivo con el cargador chapeado en oro, un AK-47 de siete mil dólares con el que parte el aire, porque que en este pedazo de México, cuando falla el habla, habla la bala. “Un pariente me dijo: “Malandrín sin arma es como una puta sin cliente”, y desata una risa estridente y entrecortada en plena bocanada.

Cruel —en un arrebato de talento así ha pedido que se le llame— no pasa de los 25 años y sus familiares le han diagnosticado el incurable síndrome de la mafia.

Cuando aún acudía al colegio, su cabeza se convirtió en un lío: juró que él no iba a tener una vida de desprecio, de trabajo duro y poca paga; él, quién sabe cómo, sería rico. Y su concepto de riqueza consiste en vivir en el exclusivo fraccionamiento Colinas de San Miguel, manejar una camioneta todoterreno con neumáticos anchos y rines de aluminio, comer mariscos y carne asada, dar propinas de cien dólares, beber Buchanan’s en las rocas, cambiar rutinariamente de celulares, vestirse a la moda italiana, mirar televisión por cable, tener aire acondicionado, caballos pura sangre bailadores, un rancho de 20 hectáreas, un jet, una bolsa Louis Vuitton de 400 dólares (que usa como cangurera para guardar tres cosas imprescindibles: cocaína, un revólver y dinero, mucho dinero) y acostarse con una mujer distinta cada día.

“Porque todo eso te da poder y la gente te mira con miedo, con respeto”, filosofa mientras se empuja con cerveza unos camarones crudos.

Cruel se considera adicto a la música de banda, a esas canciones que ensalzan el crimen y la sangre, y siempre celebra con whisky, cocaína y mujeres relucientes las ganancias que obtiene cada vez que mueve droga. Según él, su primer jale o trabajo fue hace unos dos años: sacó a crédito un kilo de pasta básica de coca; en las universidades de Culiacán los jóvenes aspiraron hasta el último residuo. Cruel no sólo recuperó los diez mil dólares invertidos: ganó buena plata, tanta como para darse el privilegio de encargar por catálogo a Nueva York su primera ropa Versace e invitar a una chica dos semanas a Mazatlán.

“Lo demás se lo debo a la suerte”, justifica su vertiginoso ascenso en el mundo del narco. Pero tiene razón: en este negocio un día más con vida es la mejor fortuna. Los traficantes, ya se sabe, necesitan matar para no morir. Matar: verbo transitivo en Sinaloa que exige el tiro de gracia. Viven poco y viven deprisa. Muchos terminan engrosando el ejecutómetro. Demográficamente hablando, Culiacán se controla así: 1.4 vivos por un ejecutado al día. Quizá esa sea la explicación de por qué en los censos esta ciudad siempre oscila en los 750 mil habitantes.

Cruel suele leer los periódicos que contabilizan los muertos y ahí ha corroborado que la vida se va pronto. Por eso dice que todo buchón que se precie de serlo, cuando tiene dinero debe acabárselo.

Y él lo hace. Hoy, por ejemplo, se ha propuesto gastar los 200 mil pesos que trae en la bolsa Louis Vuitton para festejar la Navidad.

Cruel, como muchos hombres, supone que el dinero es poder y hace guapo a cualquiera.

Woody Allen dice que el dinero sólo tiene sentido cuando uno puede comprar el sexo que quiera o tener las relaciones que se le antojen. Y Cruel —quien ignora quién es Allen, él sólo sabe de películas mexicanas de matones y actrices desnudas— paga mucho dinero para sentirse hermoso.

Paga para que lo bronceen. Paga para robustecer su cuerpo en un gimnasio. Paga a una estética para que todos los días le engomen su indomable cabellera, le rebajen el mustio bigote y le recorten las uñas hasta dejarlas redondas. Pero para ser honestos, Cruel sigue siendo feo.

“Eso vale madre con una buena camioneta”, dice con la boca llena, dejando escapar trocitos de camarón crudo curtidos en chile y limón. “Con la Hummer, por ejemplo, hasta el calzón de la morra sale volando”, y descarga nuevamente su risa estridente y entrecortada.

Anoche, en una prueba más de que el dinero lo hace verse apuesto, manejó ebrio su camioneta por todo Culiacán y gastó casi diez mil dólares con tres mujeres de concurso (las trae fotografiadas en ropa interior en otro de sus celulares) y con los jóvenes que le cuidan la espalda. Él tiene una camioneta Hummer. Pagó 80 mil dólares por ella. Antes manejaba una Lobo doble cabina de 370 mil pesos, pero dice que la moda hoy es una Hummer o una Lincoln Navigator de 64 mil dólares. Un día lo miré fascinado cuando salía a la pesca de hembras mientras serpenteaba las calles de Culiacán en los 4 mil 742 milímetros de largo de su camioneta que un día blindará.

En sus confesiones de macho profundo, se jacta de que mujer que ha subido a la Hummer, mujer con la que terminó en la cama.

La ropa de Cruel pasaría por estrafalaria, pero jamás por costosa. Los zapatos que ahora lleva puestos son de cuero de jabalí y Hugo Boss tiene la patente; le costaron unos 500 dólares. Los pantalones son Moschino, dice que pagó 800 dólares por ellos, pero uno de sus amigos me dijo que a veces exagera en las cuestiones de plata. La camisa brilla, es de seda, suave, y en la espalda trae zurcida la marca Versace; jura que gastó casi tres mil dólares en ella, que un amigo se la trajo de la Quinta Avenida en Nueva York, donde está una de las tiendas del diseñador italiano asesinado en Miami. Usa lociones creadas en Francia, se acaba de comprar un Rolex con rubíes, tiene varias gafas Dolce&Gabbana que le cubren la mitad del rostro y nunca olvida colgarse el rosario de oro al que un diamantista le incrustó varios quilates.

Si no trae más vestimenta no es por el desmesurado sol de Culiacán. Es porque cree que tanta ropa entorpece los movimientos y un malandrín nunca, nunca, debe sentirse apretado a la hora de los balazos.

“Con toda esta ropa de marca, atraes a cualquier mujer”, fanfarronea Cruel mientras oprime el atomizador de la loción Moschino que sacó de su Hummer.

Pese a la cantidad de dinero que lleva encima, hay algo que a Cruel lo identifica: es lo que en Sinaloa la gente llama buchón.

“Buchón no, esos son los de la sierra. Nosotros somos compas”, se enfada Cruel y pisa el cigarro hasta triturarlo.

Buchón, en la jerga sinaloense, es aquel habitante de la sierra que se hace millonario por sembrar, empaquetar y traficar mariguana y goma de opio. Se les empezó a llamar así porque en esos lugares el agua es una infamia. Entonces, después de beberla durante años, a muchos pobladores se les hinchó el cuello. La gente, comparando el cuello con el buche de los animales, los llamó simplemente buchones. Luego el tiempo hizo su parte: manoseó el concepto y ahora a todo aquel que se dedica al narco y se viste de modo extravagante se le dice buchón.

Un pariente de Cruel era buchón puro, de los rumbos de Badiraguato. En cuanto tenía dólares, gastaba en botas de piel de avestruz, mandaba traer jeans de Los Ángeles o Tucson y sombreros de Texas, compraba cintos piteados y pedía que a las camisas de seda garabateadas les zurcieran en la espalda el rostro de Jesús Malverde, el santo patrono de los narcotraficantes. Viajaba a Las Vegas y se la pasaba en las máquinas tragamonedas. Un día hasta fue a esquiar a Lake Tahoe, en Nevada. Pudo ir a Nueva York, pero siempre se le hizo lejos y prefirió Acapulco para mostrar lo rico que era. Gastó decenas de dólares por segundo porque supo que iba a morir pronto. Y así fue: lo ejecutaron un día porque en este negocio, además de rencores, hay envidias y esas matan más rápido.

Esa generación de buchones, los auténticos, los de la sierra, sigue viva.

Hace unas semanas, en la Plaza Forum en Culiacán, una linda mujer de minifalda, extensiones en el cabello negro y ojos grandes me confundió con un vendedor de la tienda de discos. Preguntó por los compactos que miraba. Le dije que eran distintos conciertos de Pearl Jam, pero en realidad sólo eran dos; los otros ocho discos estaban repetidos. En eso llegó su pareja, un güero de rancho, rojizo del sol, cuya camisa de seda traía estampada la imagen de San Judas Tadeo en la bolsa sobre el corazón, negros jeans ajustados y botas amarillas. La mujer aún miraba los discos cuando su pareja le preguntó: “¿Los quieres, mi’ja?”. Y no esperó la respuesta: cogió los diez discos con su manaza de campo y fueron hacia la caja para pagar.

La cajera cobró los discos de Pearl Jam, uno de la Banda El Recodo, otro de éxitos de Los Tigres del Norte y la primera temporada, en DVD, de Los Sopranos.

Cuando le conté a Cruel la historia alardeó, con su risa estridente y entrecortada, que eso no era nada, que él le ha regalado diamantes y esmeraldas a varias mujeres; que a una le paga la colegiatura de la universidad y que a otra la llevó un mes a Europa, donde la vistió, la calzó y “socializó” con ella hasta el hartazgo. Socializar, en su lenguaje, es coger.

Entonces supe que los buchones, que los compas, por tener a una mujer, no saben en qué gastar.

II.— Los cuatro puntos cardinales de Sinaloa, ya se sabe, son el narco, la impunidad, el soborno y las mujeres. Por eso existen los buchones.

III.— Erre Ele es un compa extraño. Se considera sencillo, lejos de las estridencias. Pero su anillo con diamantes, el enorgullecerse de que tiene hijos que ni siquiera conoce porque las mujeres han tenido la culpa —“para retenerme se han embarazado las muy cabronas”—, recordar que tuvo en casa tigres de bengala y otros animales exóticos, que ha hecho varios envíos de droga a Estados Unidos, y el que se vanaglorie de que fue una máquina de matar, inevitablemente le restriegan a uno que un bandido no se retira, sólo hace una pausa.

Por eso Erre Ele prefiere moverse en un compacto austero que en la camioneta de 440 mil pesos que se compró hace meses. Dice que ahora escucha a The Beatles y que dejó a un lado los discos de El Potro de Sinaloa. Sigue comprando su ropa por catálogo en Nueva York, pero ha agarrado la costumbre de vestirse con las imitaciones chinas de Versace, Tommy y Armani. Y antes, como sus amigos, solía ir a rentar películas mexicanas en DVD (como Tras las rejas por culero, La ley del ojete y Para narco cabrón federal más chingón, estelarizadas por Jorge Reynoso, Miguel Ángel Rodríguez, Chelelo, Hugo Stiglitz, Sergio Mayer y Lina Santos), pero ahora está deslumbrado con HBO y Discovery Channel, aunque no por ello deja de pensar a quién le debe dinero, a quién tiene que cobrarle o cómo le hará para mover la siguiente carga de droga.

Erre Ele critica hoy a los otros buchones de simples, glotones, estrafalarios, de tener mal gusto y ser despilfarradores.

“Si tienen cinco mil dólares, los mismos que se los gastan los plebes en una camisa, aunque se queden sin nada en la bolsa. No piensan. En este negocio estás arriba y abajo, por eso hay que invertir en propiedades para cuando se te acaba el dinero”, aconseja luego de que sumerge en una salsera un grasoso totopo.

Erre Ele ha aceptado platicar con la condición de omitir algunos detalles. Es alto, corpulento. Un pariente suyo lo describió como un fumador empedernido, pero eso fue en otra época. Ya no fuma nicotina, sólo mariguana.

Ahora faltan seis minutos para la medianoche y Erre Ele dice que un compa de verdad debe saber cuándo llegar y cuándo marcharse.

Pero esa máxima no se aplica en él: sólo dejó de ser matón a sueldo.

Y no recuerda a cuánta gente ha matado. No se acuerda y ni siquiera se esfuerza en tratar de precisarlo. Pero sí dice que algunos muertos fueron gratis. “A veces sueño que aún sigo quebrando”, dice preocupado, como si eso fuera peor que enfrentarse a alguien y reventarle la cabeza a ráfagas.

Cree que todo —“el asesinato de un cura marica o la muerte accidental de un niño”—, se puede pagar con arrepentimiento. Su retiro de matón no fue porque en Sinaloa se haya devaluado la vida —“ahora por un cigarro de mota o una dosis de cristal contratas a un sicario”, informa. No. Algo le pasó y de eso prefiere no hablar.

Quizá aprendió que en este negocio el que logra fama tiene los días contados.

“Uno de plebe quiere que le hagan un corrido, pero cuando te exhibes más de la cuenta, eres hombre muerto”, dice Erre Ele mientras le grita al mesero para que le traiga una cerveza. Porque eso sí: si hay algo que tiene esta clase de hombres es que son mandones. Conocí a uno que, aún teniendo enfrente los cigarros, ordenó a su mujer que se los acercara y ella estaba a unos diez metros de distancia. “Y hay otros que matan a traición sólo para cobrar fama de valientes, pero a esos los matan más rápido”, agrega cuando le llevan su Modelo escurriendo en el tarro.

Tiene razón: un joven buchón que sólo me permitió hablar con él pocos minutos me dijo que le encantaría que un día estampen sus fechorías en las primeras planas, que quería que todos le temiesen, y que ha matado porque las armas no son para guardarse.

Erre Ele es astuto como el diablo. Si no, no hubiera rebasado los 40 años de edad. Y ahora, como las ráfagas, recuerda bastantes extravagancias.

Por ejemplo:

Cuenta que a la mujer de un buchón le sacaba tanto de quicio el manchado natural del mármol italiano, que lo mandó a quitar para colocar una alfombra amarillenta traída del Medio Oriente. Que otro todavía viaja en su jet a Arizona sólo para ir al cine con la mujer en turno. Que uno, cuando se casó, mandó a tapizar con rosas rojas y blancas las escaleras del hotel. Que hay quienes compran celulares únicamente para telefonearles a sus novias una vez y luego los tiran. Que un amigo suyo acaba de comprar una mesa de billar con las buchacas de oro, porque así lo deseaba su esposa. Se acuerda de otro que ordenó destruir los armarios de cedro tallado por unos de PVC que le agradaron a su morra. Que un conocido mandó a traer un piano de cola a Francia para regalárselo a su mujer. Y dice que hace poco un compadre, para festejar el cumpleaños a su esposa, paseó a la mujer en un auto convertible con banda, globos y peluches.

“Así somos para deslumbrar a las pollas”, dice Erre Ele que ya ha bebido en este rato cuatro cervezas, se ha tomado su Tafil y sólo le falta fumar mariguana para que al rato, en el colofón de la hierba, pueda dormir. “Y a las mujeres hay que vestirlas bien y enjoyarlas para cogértelas. Ya cuando las dejas, si tienes hijos con ellas, sólo ves por los plebes. No vas a vestir a la polla y tenerla al pedo para que otro cabrón se la tire”.

—¿Y a ellas les gusta andar con ustedes?

—¡Por supuesto! —y se tumba hacia atrás de la silla—. Les gusta lo prohibido, son interesadas, quieren estar al puro pedo, bonitas. Y a nosotros nos gustan así, buenotas, nalgonas, piernudas, guapas y valemadristas para estar a tono con los otros compas.

—¿Y qué acostumbran regalarles a las mujeres?

—Diamantes, esmeraldas, dinero, camionetas y casas. A otras les gustan los animales, como los caballos bailadores. Hace años un amigo le regaló a una morra un ranchito y en la entrada la estaba esperando un caballo de ésos; en el hocico traía un diamante. Fue bien perrón, dicen que hasta lloró la morra.

A Erre Ele le entra una llamada a uno de sus celulares.

Habla en claves que sólo él entiende. Cuelga. Dice que se tiene que ir a un jale y esos no esperan. A él le va mejor, hablando en dólares, cuando trae droga de Colombia, la vuela en avioneta hacia Estados Unidos o la transporta en lancha. “Pero en eso tienes más posibilidades de morir, porque las envidias son muchas en este negocio: si ven que tienes éxito, te matan, los hijos de la shingada”.

Lo veo marcharse.

Y no creo que abandone los revólveres, el tráfico y la lucha contra la muerte.

Porque un bandido de verdad no se retira, sólo hace una pausa.

IV.— Doble T es un sol naciente, un hombre que va escalando en el narco.

Desde hace rato se ha estado alicusando. (La palabra alicusar sólo existe en Sinaloa y significa arreglarse para una fiesta. En el resto del mundo es acicalar, pero aquí es alicusar y punto).

Decía que Doble T se está alicusando para una fiesta, que la loción Dolce&Gabbana ha impregnado en su cuerpo, que su cabello está engomado y sólo le falta mirarse por enésima vez al espejo para sentirse listo. La fiesta será en un salón que, según el mito, fue construido en pocos días para celebrar un bautismo; por la rapidez, en pleno festejo se derrumbó el techo, y seguramente alguien pagó las consecuencias. Me prohíbe decir qué se conmemora, pero autoriza a informar que cantarán Julio Preciado y un fulano llamado Sergio Vega. El primero cobrará por una hora 25 mil dólares; el segundo, 15 mil dólares. Para recorrer mesa por mesa, una banda tocará hasta el amanecer por unos cien mil pesos.

“¡Un chingo de billete, bato, un chingo!”, sigue admirándose Doble T de las excentricidades de un mundillo que conoce desde niño.

A él lo deslumbran este tipo de fiestas porque hay todo lo que necesita: perico, música, whisky y mujeres. La cocaína, en un festejo como éstos, sólo se consume en el baño por pudor. El resto se deja al libre albedrío. Hoy, y siempre, tiene la expectativa de seducir a una hembra. Y, si sus fanfarronerías son ciertas, lo hará: “A mí me buscan por lo guapo y no tanto por el dinero”, alardea.

Él no tiene tanta plata. Apenas le ha alcanzado para comprar imitaciones chinas de ropa italiana, para traer una camioneta que apantalla y “para la vagancia y la peda”.

Algunos de sus amigos, en cambio, ya son un sol de mediodía.

Y Doble T aspira a alcanzarlos.

Imagina, por lo pronto, que llegará el día en que, igual que sus amigos, gastará tres mil dólares en una camisa. “Eso sí: va a estar perrona, sin tanta madre, sin tanto garabateado; mis amigos piensan que lo caro, aunque esté feo, es lo más chingón… están pendejos”, dice. Supone que cuando se case desembolsará, sólo para la música, 50 mil dólares, mandará a revestir el salón de flores caras, tendrá una gran copa llena de cocaína en el baño para sus invitados y se irá de luna de miel a recorrer el Caribe en un crucero. Cree, también, que llegará el momento en que lo cuiden unos esbirros y éstos le regalarán, como a todo buen capo, ranchos con lagos artificiales, diamantes puros, camionetas blindadas, caballos y leones, relojes lujosísimos, todo para congraciarse con él. Claro que él preferiría que le obsequien armas diseñadas en oro para que cada bala que escupa valga la pena.

Entonces Doble T se marcha a la fiesta a seducir a una hembra.

V.— Los buchones son los responsables del boom de las estéticas, de que se fundaran escuelas para aprender modales, que la General Motors venda más Hummers aquí que en ninguna otra parte de México, que los colegios privados subieran sus costos, que los salones de fiestas encarecieran sus tarifas, que las funerarias mandaran hacer ataúdes con armas talladas en el cedro, que los brujos se pusieran a sus órdenes, que los músicos de banda tocaran mejor con una bolsa de cocaína como propina, que los niños salgan a las calles a jugar a los pistoleros con revólveres de verdad. Y llevaron algo de amor para dignificar la muerte.

VI.— A Sin Nombre lo conocí en la Feria Ganadera de Culiacán, que no es otra cosa que la fiesta anual donde los buchones pueden exhibir su poderío. Y éste consiste en ver quién maneja la mejor camioneta, quién despilfarra más dólares contratando bandas para bailar, quién bebe Buchanan’s 18 años y lo combina con perico, quién llega rodeado de matones a sueldo, quién apuesta cifras inalcanzables en las peleas de gallos, quién monta mejor a caballo, quién carga con más celulares y quién imanta a más mujeres.

Sin Nombre contrató cinco bandas que tocaban al mismo tiempo mientras él hablaba al penal de Culiacán para que algunos de sus amigos recluidos escucharan la canción que les dedicó. Traía Buchanan’s y coca. Lo cuidaban varios hombres de cara dura que escudriñaban los alrededores. Ya había perdido 300 mil pesos en el palenque y se burlaba de sí mismo por confiar en perdedores. Y tres mujeres, cuya belleza parecía haber sido diseñada por computadora, se le encaramaban. Entonces le pregunté que cuánto traía en su cartera.

—Traigo la cantidad que me digas —dijo sin alterarse.

—¿Un millón de dólares?

—No cabe en la cartera, pero sí, lo tengo si pido que me lo traigan —y se empujó un whisky con agua mineral.

—¿Y ahorita, cuánto ha gastado?

—Sin ofender, lo que en tu vida nunca vas a tener.

Quién sabe si Sin Nombre exageró. Aquí en Culiacán las cosas terminan por ser necesariamente ciertas.

Dijo que él sólo se dedica a “mandar, mandar, mandar y mandar”.

Que come, trafica y mata a toda prisa. Que desde los ocho años de edad su padre le dio un revólver para defenderse y desde entonces es malo. Que la vida ha sido benévola con él, pero que sí, que le han matado a mucha parentela. Que suele consumir cocaína para ligar bien las ideas. Que las fiestas en Acapulco son espectaculares porque ahí se termina acostando con actrices, cantantes y edecanes. Que él busca respeto y que eso, en este país, sólo se gana siendo un malandrín pesado. Que no le da miedo morir sino vivir demasiado. Y que tiene muchas esposas porque le gusta rodearse de mujeres, cada una más guapa que la otra.

VII.— Sacado del diccionario de la Real Academia Sinaloense.

Buchona: dícese de la hembra de la especie humana que, una vez mirada, nunca es posible olvidar sus extensiones de cabello, sus largas uñas de colores, sus dientes blancos, su bello rostro acentuado con maquillaje, su ropa y accesorios fulgurantes, sus zapatos de tacón alto, su impúdico escote y sus nalgas.

Dícese de la bípeda mamífera que le pertenece a un buchón, que le paga todos los caprichos, la envía a Guadalajara a que un cirujano plástico le arregle las imperfecciones, es parte de su equipaje de viajero, cumple sus fantasías eróticas o la utiliza para fanfarronear.

VIII.— Si los ángeles existen, entonces, a primera vista, Fuego parece uno de ellos.

Trae los pies enfundados en unas zapatillas de Dolce&Galbana que la hacen crecer diez centímetros. Sus tobillos, piernas, muslos y glúteos vienen protegidos por unos jeans Versace que compró cuando se relacionó por tercera vez con un buchón. Trae un cinturón de plateados círculos entrelazados comprado en el centro de Culiacán, donde toda la ropa es obscenamente brillante. En las muñecas trae pulseras con diamantes y un reloj Cartier, obsequio de su penúltima pareja, que ahora está muerto. Sus extensiones rojas combinan con sus uñas, a las que la manicurista les dibujó unas flores con corazones; presume que pagó 20 mil pesos en la estética para que todo estuviera en su lugar. Su rostro es un poema. Pero lo que más sobresale es el top negro Bebe: si se ha operado los senos, si el médico le cobró 45 mil pesos por aumentar dos tallas, está consciente de que los debe exhibir. Y lo hace.

Fuego tiene 20 años, va a la mitad de su carrera y vive en uno de los barrios más pobres de Culiacán. Una amiga suya la define como una rosa en medio de magueyes.

Ahora es mediodía y llega al restaurante. Camina con altivez. Se sienta, cruza la pierna izquierda, enciende un cigarro, se quita las gafas Cartier de piloto espacial y ordena una cerveza para ponerle orden a la resaca.

—¿Qué se necesita para ser buchona?

—Estar buena, mi rey, estar bien buenota

—entonces se levanta y se luce caminando como si estuviera en una pasarela de Milán. Disfruta su vanidad, le paladea provocar la envidia.

Y no exagera: un requisito indispensable para que los buchones miren a mujeres como Fuego es, precisamente, su belleza natural.

Lo demás que le cuelguen o le pongan son sólo juegos pirotécnicos.

Pero otra cláusula es el riesgo.

“Tú sabes que si andas con un buchón también caes con él”, dice y acaricia la panza del envase de Corona. “A una amiga la ejecutaron junto con el morro que andaba, a eso te expones”.

—Entonces, ¿por qué arriesgarse?

—Porque necesitas dinero. Mis padres son muy pobres y yo tengo que pagar mi celular, mi universidad, mi ropa, tengo que cuidar mi cabello, mis uñas y eso cuesta un chingo.

Fuego suele gastar al mes entre 50 y 70 mil pesos. Pero hay noches, como cuando a Culiacán llega la Feria Ganadera, en que su buchón le ha dado 30 mil pesos para vestirse para la ocasión.

—¿Y ustedes en qué se fijan? ¿Qué las atrapa de ellos?

—El dinero —y sonríe como si se avergonzara, pero Fuego se considera una desfachatada—. Nos fijamos en que su ropa tenga marcas, que tengan buena camioneta, que sean lo bastante extravagantes, porque ahí siempre hay dinero.

—¿Y si sólo es un parapeto, si resulta que no tienen dinero, pero se ven bien?

—Entonces los mandas a la chingada. En eso te das cuenta de inmediato: le dices que te compre algo y si te pone un pretexto, entonces ya no le sigues el rollo; el que sigue —y voltea a mirarse al espejo que está a sus espaldas, simulando una pared.

—¿Y sólo deben andar con uno o hay libre albedrío?

—No, la regla dice que sólo debes andar con él. Son muy celosos. Una amiga se atrevió andar con otro al mismo tiempo y el bato la madreó bien feo. Para sobrevivir hay que respetar el mayor número de reglas.

Y los estatutos buchones dicen:

La buchona es de quien la trabaja.

Las buchonas no trafican, sólo se benefician de las ganancias.

Entre buchones no se arrebatan las mujeres; ellas deciden cuándo termina. “Nosotras sí sabemos cómo desarmar a estas bestias”, se jacta.

Si le regalan una casa a la mujer en turno, sólo es para que ambos tengan sus zooms sexuales. Si es violado el artículo: “Te matan. Una amiga llevó a su novio formal y los encontraron; la muerte apareció en el periódico, le pusieron que fue un crimen pasional y esas mamadas”.

Y si el compa invierte, la buchona debe estar dispuesta a todo.

“Una vez, un buchón gastó en mí como cien mil pesos y se los cobró en el motel. Pagué cara la inversión”.

—¿Y siempre se paga caro?

—Pues es que depende la inteligencia. Con ese morro, la verdad, sí tuve miedo, porque me puso la pistola en la boca. Pero te puedes apartar si juegas con la cabeza. Por ejemplo: si ves que ya quieren llevarte a la cama y el plebe está guapo, pues le entras, no hay pedo; pero si está feo el cabrón, porque muchos son feos, entonces les presentas a otra amiga y con eso calman su calentura. Otras veces, si están muy piñados contigo, entonces desapareces de Culiacán hasta que anden con otra morra y te olviden.

—¿Y cuántas veces has tenido que desaparecer de Culiacán?

—Pues quise hacerlo una vez, pero te digo que me puso la pistola en la boca. Pero mis amigas lo hacen seguido. Hace poco le llamaron a uno para que las llevara a un antro, les pagó todo y hasta les dio dinero para que se compraran lo que quisieran en la plaza. Entonces le dijeron que iban al baño y se fueron del antro, lo dejaron colgado. Esa misma noche el bato las estaba buscando para matarlas, pero a las pocas semanas lo ejecutaron en la sierra y pues mis amigas pudieron salir de donde estaban escondidas.

Fuego no sólo ha sentido el cañón de un revólver, también el de un cuerno de chivo y los dientes de un cuchillo. Pero sobre eso no quiere abundar.

“Lo bueno de mí y de mis amigas es que somos como los perros: nos acostumbramos muy rápido a los nuevos amos”.

Después de un par de cervezas Fuego tiene la boca grande y los oídos pequeños. En otras palabras: no escucha y no para de hablar.

Dice que todos los días se levanta a mediodía, que todas las noches sale con el buchón en turno, que les paga en dólares a sus maestros para acreditar las materias y así se olvida que debe acudir a la escuela, que prefiere los BMW pero aquí creen que esos autos son para los homosexuales, que sus padres no le recriminan su forma de vida porque ella les da entre 15 y 20 mil pesos al mes, que lo más estrafalario que le han regalado ha sido un viaje de un mes en Europa, que si no viste ropa brillante se siente insignificante, que las buchonas siempre deben brillar, que le gusta conocer a los capos pesados porque entonces ella gana respeto en el mundo del narco, que no se droga, que le gustan los mariscos y la cerveza, que no hace ejercicio, que ayer le trajeron de Nueva York un vestido Armani y está muy emocionada, que manejaba un camionetón pero como ya no anda con el compa, tuvo que entregarle las llaves, que aprendió a tirar un arma en un rancho, que le gusta ir a los bautizos de hijos de buchones porque dan centenarios en el bolo, que sus antros favoritos son La Tequilera y El República, porque ahí siempre hay quien cargue más dinero que el otro, que con el buchón que anda le ha dado unos 300 mil pesos todavía sin nada a cambio y que espera en Dios que siempre siga “bien buenota”.

Al final le digo que parecía un ángel cuando llegó. Se echa a reír, se mira por enésima vez en el espejo para alimentar su narcisismo. Pero le digo que después de escucharla, sin ofender, parece más el vecino del diablo. “Entonces en tu texto ponme Fuego o algo así”.

Se le quedó Fuego.

IX.— Lo último que supe de Cruel es que embarazó a una buchoncita, que está por comprar la Lincoln Navigator, que se quitó el bigote para verse menos feo, que sigue cosiendo el aire con su AK-47 y que colocó como protector de pantalla en un nuevo celular una fotografía reciente: tiene en las manos muchas pacas de a kilo de cocaína, carcajeándose, con su risa estridente y entrecortada.

No hay mejor manera de comenzar que con una mentada. Me la he ido ganando día a día. Según mis cálculos hoy he llegado a mi tope de resistencia. Llevo doce días posponiendo mi jubilosa y exultante felicitación por el cumpleaños de mi amiga La Difícil (que ya ha de estar Dificilísima). Sé que ella es arrebatada, pero muy inteligente. Confiado en este segundo atributo, le envío mi amor en spray y le envío también mi firme esperanza de que no me borre de su agenda ni, mucho menos, de su testamento en el que ya era yo socio mayoritario.
Cumplido este deber moral, paso a contarles mis peripecias del día de hoy que realmente comenzaron desde ayer. Creo que las conferencias que he dado en la vida acerca de los temas más disímbolos suman ya varios miles. Sin embargo, pongo a Coatlicue por testigo de que cada vez que voy a saltar de nuevo a la palestra, me invaden la inseguridad, el balbuceo y la certeza de que voy a decir puras incoherencias, hasta que el público se harte y me obligue de mala manera a abandonar el escenario. Éstos son, por así llamarlos, mis fantasmas normales que lentamente se van disipando mientras la conferencia avanza sin apedreamiento de por medio. El final suele ser muy grato, o muy extravagante como en el caso de Matamoros donde mi exposición culminó con dos morrongonas biquinudas que irrumpieron en escena y me levantaron los dos brazos como si acabara yo de noquear al Finito López. Digamos pues, que las cosas han ido bien.
Pero es que no les he contado de mis acalambrantes experiencias con la infancia y la pubertad aztecas. Cuando por algún descuido, accedo a dirigirme a este bullicioso y exterminable público, se me aparece el peor fantasma de todos: Se van a aburrir, no me van a entender y si me entienden, les va a valer gorro, me van a agarrar a chacota y entonces yo me voy a enchilar y eso va a acabar muy mal. Por eso he tratado de evitar casi siempre a este tipo de público, máxime si la charla es clasificada bajo el rubro de “actividad académica”. Esto es lo más grave que puede suceder porque los imberbes barbajanes sienten que están ahí por obligación y que esto lo tiene que pagar muy caro ese señor que pretende hablar sobre “el amor al libro” que era lo que intentaba yo hacer. Para que me prestara yo a hacerlo tuvieron que concurrir tres factores: Las autoridades del colegio Santo Tomás Moro, una acreditada cantante de 58 años y el Bucles, hijo de la cantante y de un señor que vive muy lejos y que, ahora viene a resultar, que soy yo. El factor que logró el absurdo convencimiento de que su Charro Negro a) se levantara temprano y consumara la hazaña de bañarse sin darse cuenta y de escoger algunos ropajes adecuados para gresca juvenil y b) subirse al carromato conducido por el astuto Pancho que recorrió zonas muy abruptas de la ciudad y abandonó el Sur y atravesó Las Lomas y topó con una aldea prehispánica vecina a Toluca llamada Cuajimalpa donde, por arte que yo considero de magia, encontramos el centro docente que ahora infesta el Bucles y c) encontrarme con unos plebeyitos rugientes y al aire libre que, según la maestra de ceremonias, “esperaban con ansias mi llegada”.
Yo no les noté muchas ansias, pero para lo que pudo haber sido, la libramos hasta con galanura. Me vi heroico y si hubiera justicia en este mundo, me tendrían que haber dado una Hummer como recompensa de mis angustias y desvelos. Ya regresé a mi casa de piedra y flores, la puerta todavía funciona y ahora Pancho ha decidido emprender su cruzada anti-ratas de la que luego informaré.
¿QUÉ TAL DURMIÓ? MCDIII (1403)
¡Ahí viene el PRI de regreso!, ¿se imaginan el impune júbilo de MONTIEL y Marín?

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